"Estad, pues, despiertos en todo tiempo, pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por suceder y manteneros en pie ante el Hijo del hombre".
En el marco del fin del tiempo litúrgico hemos leído distintas profecías, ya sea por parte de Jesús, como del Apocalipsis. Profecías que nos hablan del fin de los tiempos y de las calamidades que pueden suceder, y de tantas otras que han sucedido. Las profecías nunca nos dicen cuándo y dónde van a suceder, pero sí que van a suceder. Lo que quiere decir que nunca sabremos por dónde vendrán y cuándo vendrán. Y ¿por eso el Señor quiere que estemos todo el día con miedo por si vienen semejante calamidades? No, el Señor no quiere que vivamos en el temor, sino ocupados en nuestra salvación. Ocupados en crecer en la confianza en la Providencia que nunca deja de estar a nuestro lado para ayudarnos a vivir lo que tenemos que vivir.
Por eso, el Señor nos advierte que situaciones malas o dolorosas, o calamidades, habrá en nuestra vida. Quizás no sean las apocalípticas, pero segura que habrá situaciones que vana superar nuestras capacidades, no sólo intelectuales porque no entenderemos lo que sucede y por qué sucede, sino que superarn nuestras propias fuerzas espirituales. Pero, en todo momento el Señor nos pide que nos mantengamos en pie, que mantengamos la esperanza porque siempre Él estará ahí para ayudarnos, para fortalecernos, porque siempre después volverá la calma, encontraremos la paz, vendrá la salvación de nuestra alma.
Mantenernos en pie no significa que no podamos tropezar y caernos, sino que en la confianza en la Misericordia Divina, podremos volver a retomar el Camino, podremos levantarnos del suelo y mirando siempre al Señor, como Pedro sobre las aguas, seguir andando hacia la meta; luchando cada día por conseguir la paz, la serenidad, para mantener la fe, la esperanza y el amor.
Sabemos que, en todo momento, tendremos que ser fuertes y valientes, pues el Reino de los Cielos sufre violencia y sólo los violentos lo arrebatan, y esa violencia será la que tendremos que usar para poder vencer, en nuestro interior la tentación de caer en la desesperanza, en la desconfianza, en el desamor, pues en todo momento el Señor quiere que demos testimonio de que, realmente, creemos en Él, y que sabemos que todo lo que el permite o quiere en nuestras vidas es para nuestro bien, y la salvación de nuestras almas.
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