"En aquel tiempo, al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad, lloró sobre ella, mientras decía:
«¡Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora está escondido a tus ojos".
En muchas o algunas ocasiones, seguramente, nos ha pasado ponernos a llorar por algo que queríamos, o por alguien a quién queríamos pero que lo perdimos por cosas que nos dijimos, o por verdades que no nos gustaron escuchar, o que no le gustaron escuchar. Perder a alguien, no sólo a un ser querido en la muerte, es un dolor del corazón.
Pues ese mismo dolor que nos puede haber producido el perder a alguien, lo tenemos que multiplicar muchísimas veces, y no 70 veces 7, sino mucho más, para poder experiementar el dolor que sintió Jesús al verse rechazado por su propio pueblo, pero, sobre todo, por no haber querido recoocer en Él al Hijo de Dios, al Mesías que ellos tanto esperaban y del que tanto habían hablado.
Pero... también, por no haber querido reconocer sus errores y buscar el camino de la conversión, pues para eso el Padre lo había enviado: para sanar sus heridas, dar luz a sus cegueras y enseñarles el verdadero Camino de la Vida. Pero no quisieron escucharlo y por eso cerraron sus oídos a sus Palabras y sus ojos ante la evidencia de su Verdad.
Y, ese día pasó. Y Dios pasó y eligió un pueblo nuevo para dar Su Mensaje, para hacer conocer Su Vida y el Camino de la Verdad que conduce a la Vida. Ese Pueblo Nuevo somos nosotros, los nacidos del costado abierto de Jesús: la Iglesia, todos los que hemos recibido en la pila bautismal el Espíritu de Jesús que nos hace hijo de Dios.
Y ahora somos nosotros ese Pueblo que tiene que seguir escucharndo Sus Palabras para poder, seguir, convirtiendo nuestras vidas a la Verdad, en la Fe en el Hijo de Dios que vino a nosotros y se hizo Camino para que nostros, en la Esperanza de llegar a la Casa del Padre, seamos instrumentos en Sus Manos y mensajeros de un Nuevo Mensaje de Salvación que viene por la conversión de los pecados y la vida nueva en el Espíritu. Un Mensaje que, generación tras generación, se viene dejando en el corazón de los hombres, para que los hombres, cada uno según su vocación y estado de vida, sean discípulos y apóstoles misioneros para anunciar Su Palabra con sus vidas.
Por, hoy como ayer, Jesús nos pide que no cerremos nuestro corazón a sus Palabras que nos llevarán a la conversión del corazón, y que nuestros oídos puedan escuchar Su Verdad, para que nuestros labios la prediquen, y nuestras vidas se unan en Su Amor para mostrar el mundo la Luz que viene del Evangelio de la Vida, la Luz que viene del Espíritu para que todos puedan conocer el Verdadero Camino de la Vida.
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