Dice Jesús hoy: "El que me rechaza y no acepta mis palabras tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he pronunciado, esa lo juzgará en el último día".
Él no nos juzga, pero sus Palabras al ser escuchadas y aceptadas por nosotros es la que nos Juzga, porque hemos escuchado y hemos aceptado Su Palabra. Y su Palabra es Vida, por eso al aceptarla pero no vivirla, es Ella misma quien nos juzgará en el último día.
Pero no sólo es la Palabra de Jesús la que pone en evidencia lo que vivimos o cómo vivimos, sino que es también nuestra propia palabra la que nos juzga. Por que hablar y decir cosas es muy fácil, pero llevarla a la práctica no lo es tanto.
Ahora me acuerdo de lo que decía un amigo hace mucho tiempo, hablando de esto:
"la más difícil peregrinación en la vida del hombre sólo tiene unos 20 centímetro de largo: es la que va de la cabeza al corazón" porque llevar lo que pienso al corazón para poder vivirlo es complicado. Llevar lo que pienso al corazón para poder llenarlo de misericordia y amor, es difícil.
Por eso, muchas veces hacemos largas procesiones y peregrinaciones, pero el corazón sigue estando seco y sin misericordia, porque no he realizado la más corta de las peregrinaciones: de la cabeza al corazón.
Así son nuestras propias palabras las que nos condenan, porque ellas hablan de lo que pienso, pero mis actos hablan de lo que vivo.
Nos hemos convertido, casi todos, en muy buenos oradores, en muy buenos jueces, pero nos hemos olvidado de ser hermanos, amigos, de aprender a guardar silencio, secretos, hemos dejado de ser discretos o pudorosos a la hora de hablar de nuestras cosas, o de la vida de los demás. Y ahí son nuestras propias palabras las que nos identifican y distinguen, las que dan muestra de lo que estamos viviendo y cómo lo estamos viviendo.
Es cierto, no hace falta que Jesús nos juzgue, porque son las palabras las que ya nos juzgan por sí solas, y somos nosotros los que emitiendo juicios sobre los demás ya nos estamos juzgando a nosotros mismos.
Dejemos que el Espíritu Santo nos fortalezca para que podamos recorrer los 20 cms que van del corazón a la cabeza, para que el Amor que Dios derramó en nuestros corazones ilumine y vivifique todo lo que creemos y queremos vivir.
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