domingo, 10 de abril de 2016

El amor da seguridad al anuncio

En el evangelio de hoy vemos como los apóstoles, después de las dos primeras apariciones de Jesús comienzan a retomar un ritmo más normal de vida: se van a pescar. Y ¿qué tiene esto de raro?
Es que después de estar un tiempo escondidos por temor a los judíos, y con el corazón y el alma desesperanzados por la muerte de Jesús, ahora habiéndolo visto y tocado, habiendo recuperado la esperanza y la fuerza, teniendo ya el corazón lleno del espíritu del Señor, comienzan a vivir una nueva rutina.
Una Nueva Rutina que no tiene cosas extraordinarias, sino que es Nueva porque el espíritu de cada uno de ellos ha sido renovado por la resurrección de Jesús. Ya no hay temores, no hay dudas, sólo hay alegría de haberse encontrado con Jesús y esperanza de saber que lo que Él había anunciado se cumplió. Son hombres nuevos llenos de esperanza.
Ya no hay dudas en ellos y, sobre todo, hay confianza en cada uno lo que se nota en el anuncia del "discípulo a quien Jesús amaba" que al reconocer la voz de Jesús dice: "es el Señor", y eso le basta a Pedro para lanzarse al agua y salir a su encuentro.
Porque cuando el corazón está seguro de algo nuestro labios lo proclaman con seguridad. Y eso le pasó a Juan, proclamó con seguridad que era el Señor, porque en su corazón resonó la Voz de Su Señor, y no le quedba otra alternativa que anunciarlo.
Creo que, a veces, nos falta a nosotros esa seguridad de lo que creemos, y por eso no lo anunciamos con la fuerza que tiene el Amor. Porque lo que anunciamos no son normas, preceptos, prescripciones, sino que lo que anunciamos es una Vida Nueva en el Amor. Y para anunciar el Amor tenemos que estar enamorados, porque si no es anunciar algo vacío y seco, tristo y sin vida.
Cuando anunciamos solamente las prohibiciones de nuestra religión, cuando sólo vemos la "obediencia a Dios antes que a los hombres", dejamos de lado lo esencial de nuestra vida: el amor, "amáos unos a otros como Yo os he amado". Por eso, como los apóstoles en la playa del lago de Tiberíades, tenemos que sentarnos todos los días a hablar con Jesús, a tener esos diálogos íntimos y profundos que nos hacen crecer en el Amor a Él, y en el amor a nuestros hermanos, para que cuando anunciemos o hablemos de nuestra vida de Fe lo hagamos con la seguridad que da saber que estamos intentando vivir una vida plena de amor, amor a Dios y amor a los hermanos.

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