"En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío: – «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado".
La fe, como ya sabemos, es un Don de Dios que nos ha sido dado, aunque, muchas veces, no todos lo aceptan o hasta rechazan. Pero el Padre siempre nos está llamando para darnos ese hermoso Don: la Fe. Pero también, los que ya nos reconocemos como gente de fe, discípulos del Señor, somos instrumentos de Dios para poder ayudar a quienes no creen o a quienes no entienden el Don de la Fe.
Vemos así, en el pasaje de los Hechos de los Apóstoles, cómo el Espíritu conduce a Felipe hasta un hombre que buscaba entender. Y se dan dos cosas muy hermosas en este pasaje. Por un lado la disponibilidad de Felipe a dejarse conducir por el Espíritu Santo, que es una gran virtud conquistada: la disponibilidad del instrumento, no debemos resistirnos a la Voz del Espíritu que nos quiere conducir para poder ser verdaderos instrumentos de Dios.
Así fue cómo el Eunuco etíope pudo llegar a comprender las Escrituras y la Buena Noticia. Y aquí vemos, también, la valentía de Felipe de acercarse a la persona y entablar un diálogo profundo, dado a conocer lo que él sabía y lo que el Espíritu le transmitía. De ese modo pudo dejar que el Espíritu hable por medio de él, y así pudiese el etíope se iluminado por la Palabra de Dios.
Ha sido el Espíritu quien, por intermedio de Felipe, llegó a ese hombre y le concedió la Luz de la Fe para aceptar la Buena Noticia de la Salvación, por eso:
"Continuando el camino, llegaron a un sitio donde había agua, y dijo el eunuco: – «Mira, agua. ¿Qué dificultad hay en que me bautice?». Mandó parar la carroza, bajaron los dos al agua, Felipe y el eunuco y lo bautizó. Cuando salieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe. El eunuco no volvió a verlo, y siguió su camino lleno de alegría".
Por la disponibilidad del instrumento al Espíritu Santo el Don de la Fe llegó a la persona, quien iluminada por la Palabra pidió recibir el bautismo y seguir "su camino lleno de alegría".
Nosotros, como Felipe, también somos apóstoles de la Palabra de Dios, y, como él, tenemos que estar siempre disponibles para anunciar lo que el Espíritu nos diga y por donde él nos lleve.
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