"En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío: – «Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás; pero, como os he dicho, me habéis visto y no creéis".
Seguimos leyendo en el Evangelio de San Juan el discurso del Pan de Vida, un discurso lleno de frases que, en su momento, no eran comprendidas por la gente de ese momento, lo cual no es extraño y, por eso, les costaba creer en Jesús, pues, en realidad, no podían comprender lo que les decía. Aunque, los que le seguían por sus palabras, aún sin entender creían en Él.
Es que, hoy por hoy, también para nosotros nos es difícil, muchas veces, poder explicar lo que significan los misterios de la fe, pues porque son eso: misterios de la fe. Es, se podría decir, la parte oscura de nuestra vida sobrenatural y no porque sea una parte tenebroso, sino porque nuestra capacidad intelectual no es suficiente para llegar al nivel de lo espiritual, lo podemos explicar, pero nunca llegaremos a tener tanta Luz como para llegar a decir con palabras humanas el sentido de lo divino.
Sólo podemos aceptar que, en nuestra vida espiritual, necesitamos el Pan de Vida para fortalecer nuestra entrega diaria, porque creemos que en ese intercambio que se da en el altar es Jesús mismo quien se nos da en el Pan, es Su Cuerpo y Su Sangre, su Alma y su Divinidad, es Jesús Todo quién se entrega en el Pan de Vida.
Y ¿cómo hacemos para explicar todo esto? Podríamos leernos el Tratado de Eucaristía y los escritos de todos los Padres de la Iglesia, pero si no tenemos la disposición del corazón para creer no lo vamos a aceptar. Pero cuando nuestro corazón ha hecho contacto con el Amor del Señor que se nos entrega en la Eucaristía, no nos hacen falta argumentos para ir a Su Encuentro, pues el Amor llama al amor.
¿Lo hemos visto al Señor? No, sólo lo contemplamos en el misterio del altar. ¿Hemos escuchado Su Voz? No, hemos escuchado Su Palabra que ha llegado hasta el corazón y nos ha encendido con el fuego de su Espíritu que habla por Él. ¿Hemos visto sus milagros? No, sólo recibimos el milagro de Su Amor que nos ha abierto los ojos de la Fe para vivir en Él, pues ese es el mayor milagro de nuestras vidas: vivir en Jesús, vivir con Jesús, vivir para Jesús.
Y así, aunque no entendemos y no comprendemos muchas veces, el Espíritu nos ayuda a aceptar y a asumir que en nuestra vida, junto a Él y como Él, ha de vivir alimentándose de la Voluntad de Dios: "porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado".
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