Quizás el Tiempo de Adviento sea el que más desapercibido pasa en nuestra vida familiar, en nuestra vida personal religiosa. Es un tiempo que se mezcla con todos los preparativos de fin de año, de acontecimientos sociales (en una parte del mundo) y en la otra con las compras para las Fiestas, los arreglos de las casas, los Viernes Negros y los días aciagos.
Y, sin embargo, tendría que ser uno de los tiempos más hermosos para ser vividos, para poder "sacarle todo el jugo" que tiene la liturgia y las lecturas del Adviento, por que nos ayudan a encontrar en centro de lo que Esperamos, de nuestra Esperanza en el Salvador.
Claro que como siempre las cosas de Dios parece que van en contra de la cosas que vivimos, porque en estos días anteriores a la Navidad, la liturgia nos invita a sumergirnos en el silencio de la reflexión contemplativa, y el mundo nos invita a ir corriendo detrás de las ofertas del momento, y de cada día más actividades que llenen nuestras vidas.
Fijaos que Jesús vuelve a decirnos, al final de este pasaje del evangelio:
"Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra.
Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y manteneros en pie ante el Hijo del hombre.»
Que no se nos embote la mente ¿con cuántas cosas se nos embota la mente? En estos días con demasiadas cosas, y en otros días con otras tantas, no encontramos, muchas veces, espacio en nuestra cabeza para el silencio y la reflexión, porque están ocupadas con muchas cosas. Y, si no están ocupadas con cosas cotidianas, las ocupamos conectándonos los auriculares (o cascos) para aturdirnos y no escuchar el silencio que nos lleva a profundizar en nuestra vida; pero lo importante es tener la mente embotada.
Ha sido un buen juego el de Satanás ayudarnos a estar siempre embotados. Si te fijas en la calle, a diario, en el autobus, en el metro, en la bici, corriendo, o en el coche, son pocos los que no están escuchando música o lo que fuera a toda pastilla, tanto que tú que estás a su lado escuchas la música que está sonando en su cabeza.
Por eso, el Tiempo de Adviento nos invita al silencio. Un silencio que nos ayuda a descubrir de qué debemos ser salvados, qué necesitamos pedirle al Niño que va a nacer para volver a vivir la Alegría de la Buena Noticia que traen los Ángeles en Navidad.
Quizás no haya grandes pecados, no te asustes. Quizás no haya grandes conversiones en nuestras vidas. Pero sí que hay algunas cosas que, si miras bien, verás que has perdido o que han perdido el mejor de los brillos como la alegría, la paz, la esperanza, el amor, todo aquello que sólo se mantiene vivo y fuerte en la contemplación de Aquél que es Todo para mí.
Hoy, encendemos la primera Luz de la Corona de Adviento, y la oración dice así:
"Encendemos, Señor, esta luz, como aquel que enciende su lámpara para salir, en la noche, al encuentro del amigo que ya viene.
En esta primer semana de Adviento queremos levantarnos para esperarte preparados, para recibirte con alegría. Muchas sombras nos envuelven. Muchos halagos nos adormecen.
Queremos estar despiertos y vigilantes, porque tú traes la luz más clara, la paz más profunda y la alegría más verdadera.
¡Ven, Señor Jesús! ¡Ven, Señor Jesús!"
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