"...gracias a la muerte que Cristo sufrió en su cuerpo de carne, Dios os ha reconciliado para haceros santos, sin mancha y sin reproche en su presencia.
La condición es que permanezcáis cimentados y estables en la fe, e inamovibles en la esperanza del Evangelio que escuchasteis".
Me encanta San Pablo cuando, una y otra vez, insiste en que nos reconozcamos "santos, sin mancha y sin reproche", y no insiste sin tener en cuenta nuestra condición de pecadores e imperfectos, sino que, teniendo en cuenta nuestra condición insiste para que podamos alegrarnos de lo que somos y buscar el camino para llegar a ser.
San Pablo es muy consciente de lo que cuesta el Camino de la santidad, pero no deja que el pecado y la imperfección se interponga en ese caminar y le quite la esperanza de alcanzar la meta. Cuanto más pecador se siente, cuanto más imperfecto se sabe tanto más "combate" contra su propio pecado con la fuerza de la Gracia. Por eso nos dice "la condición es que permanezcáis cimentados y estables en la fe", no podemos dudar de lo que creemos, no podemos dejar que "las nuevas corrientes del mundo" nos muevan los cimientos de nuestra fe, de aquellas cosas que sostienen nuestra vida y nos dan la fuerza para que cada día luchemos por nuestra santidad.
Cuando le permitimos al mundo modificar nuestros dogmas de fe, cuando le permitimos al mundo modificar los consejos evangélicos y aceptamos los consejos mundanos es porque hemos perdido de vista el horizonte de lo que anhelamos, es porque hemos perdido de vista la esperanza a la que hemos sido llamados, porque no somos ciudadanos del mundo, sino que "estamos en el mundo pero no somos del mundo", somos "ciudadanos del Cielo y herederos del Reino Celestial". Por eso combatimos en nuestro cuerpo para alcanzar nuestra propia realidad que no es otra que la santidad de los hijos de Dios, que conociendo y amando a Su Padre viven en armonía y fidelidad a Su Voluntad.
Esa es la Esperanza de la que Jesús nos habla en el Evangelio, la nueva Humanidad Redimida del pecado gracias a su muerte y muerte en la Cruz, gracias a su Resurrección de entre los muertos, gracia a Él hemos sido engendrados a una Vida Nueva libre del pecado y revestida de divinidad, una divinidad que desde el día de nuestro bautismo hemos de ir conservando, madurando hasta llegar a la plenitud en la beatitud celestial. Pero mientras tanto en este Camino viviendo gozando de la grandeza del Amor que Dios nos ha dado al hacernos sus hijos y bendecirnos con toda clase de bienes espirituales y celestiales para que nos mantengamos "santos e irreprochables en su presencia por el amor".
No sólo usemos de esos bienes, sino que gocémonos con esos bienes porque son para nosotros, para que nuestra vida sea una vida santa que ilumine, de vida y esperanza a un mundo que cada día va muriéndose por el pecado de todos.
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