sábado, 12 de septiembre de 2015

Es Jesús el Señor de mi vida?

"¿Por qué me llamáis "Señor, Señor", y no hacéis lo que digo?", nos pregunta Jesús en el Evangelio de hoy, así como le preguntaba a sus discípulos en el principio de la evangelización.
Quizás los primeros discípulos y seguidores aún no sabían, a ciencia cierta, quién era Jesús, por eso sólo lo seguían por sus milagros y porque era agradable escuchar sus palabra por que "habla como quien tiene autoridad", decían. Pero de ahí a hacer lo que Él diga, hay un paso grande.
Después de los siglos los cristianos hemos ido madurando nuestra fe, hemos ido entendiendo el por qué hacerle caso, el por qué ser obedientes, hemos madurado intelectualmente nuestra fe y ya tenemos razones no sólo para creer, sino para saber por qué obedecerle. Pero siempre nos falta algo para dejarnos seducir por Cristo, no somos totalmente fieles a su Palabra, a la Voluntad de Dios.
Lo llamamos a Jesús nuestro Señor, nuestro Dios, pero si podemos no hacer todo lo que nos aconseja en el Evangelio, lo intentamos. No es que intentamos hacer todo lo que Su Palabra nos aconseja, sino que intentamos escapar, cuando podemos de la obediencia a Su Palabra, y siempre lo hacemos con las mismas excusas: si todos lo hacen ¿por qué yo no? o ¿es que es tan difícil vivir el Evangelio?
Y ahí descubrimos lo que nos sigue diciendo Jesús: tenemos el edificio de nuestra fe construido sin cimientos, hemos levantado nuestra vida cristiana sin cimientos verdaderos, porque como en aquellos tiempos nos hemos quedado con que Sus Palabras dicen cosas buenas, con que hace milagros y por eso lo buscamos... Pero vivir un verdadero cristianismo en donde Su Voluntad sea lo que busco constantemente... no, no.
Es así que en más de un cristiano y más de dos, la vida de fe se derrumbó con el más leve viento de tormenta. Cuando no se realizó el milagro que quería, cuando lo que me pedía vivir o entregar no era lo que yo quería, cuando sus palabras comenzaron a sonar fuertes a mis oídos.... entonces me fui hacia otras realidades, busqué otros dioses, hice otras religiones: mi trabajo, el dinero, las fiestas, y otras tantas cosas que no me dejaran tiempo para pensar en lo que había perdido, o en lo que estaba perdiendo.
Por eso hoy buscamos hacer de nuestra fe una nueva religión, mucho más laxa, menos exigente, "que se amolde a los aires nuevos de este siglo XXI", por que la que está en el Evangelio no es para estos tiempos porque queremos seguir llamándole "Señor, Señor", pero no ser obediente a lo que ese Señor nos dice, sino que el sea obediente a lo que el mundo le pide.

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