viernes, 11 de septiembre de 2015

Nos quitamos la viga para corregir

Se podría llegar  a pensar que el Evangelio de hoy es todo lo contrario al evangelio de la corrección fraterna, por que el de hoy habla que antes de corregir al hermano tiene uno que estar corregido, pues siempre que no nos gustan las correcciones decimos: primero saca tú la viga de tu ojo y después la paja del mío. Pero, claro que en Dios no puede haber contradicciones, somos nosotros los que hacemos contradictorias las palabras que son complementarias. O, por lo menos, a mí que soy bastante ciego, me parecen complementarias.
Me parece que la viga de la que nos habla Jesús que puede haber en nuestros ojos, al momento de corregir a alguien, puede ser la soberbia, la venganza, la vanidad, el orgullo herido. Que también puede verse, en lugar de una viga, como un cristal de mucho aumento, porque todo lo anterior, incluso el enfado con alguien, me hacen ver sus defectos mucho más grande de lo que en realidad son que si los mirara con amor y misericordia no los vería tan grandes y podría sí practicar la corrección fraterna de la que Jesús, también, nos habla en el evangelio.
Claro que también estos defectos, que pueden ser permanentes, o sólo pueden ser momentáneos, los tenemos todos, pero cuando aparecen frente a algunas personas o en algunos momentos, nos ciegan en el amor y la misericordia. Por eso cuando la ira o el enfado llegan a nosotros ¡vamos contra todos! y salen de nuestros labios todo aquello que teníamos guardado y que decíamos que nunca lo sacaríamos, pero el veneno de la ira nos hace salir de golpe todo aquello que no debemos. Y esa es la viga que hay en nuestro ojos muchas veces.
Por eso, antes de comenzar la guerra tenemos que pedir la gracia para poder quitarnos la viga de nuestros ojos que nos impide ver con claridad, porque con ira, con apetito de venganza, con soberbia y con otras tantas, en lugar de ayudar con la corrección fraterna haremos un daño irreparable en el alma de mi hermano, e, incluso, en las relaciones fraternas.
Así digo que son dos evangelio complementarios porque la corrección fraterna es también un precepto evangélico a cumplir y vivir, pero para poder hacerlo tengo que dejar mi corazón y mis ojos libres de todo aquello que no me deje mirar con amor la vida de mi hermano, porque sumado al evangelio de ayer: "la medida que uséis, la usarán con vosotros". Así como yo juzgue seré juzgado, por eso lo mejor para mi hermano y para mí es que use el amor y la misericordia para juzgar su vida, y, sobre todo para ayudar a la mía.

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