"Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: - «¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?»
Jesús lo oyó y dijo: - «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa "misericordia quiero y no sacrificios": que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores. »
Muy a menudo nos encontramos con situaciones parecidas: gente que se cree muy justa y se pone a criticar a quienes se acercan a los pecadores, o que nos critica por lo que somos. Y por eso nos viene este momento del evangelio a la mente, cuando Jesús es criticado por sentarse a la mesa con publicanos y pecadores.
Pero, a la vez, los que somos criticados nos ponemos a criticar a nuestros criticadores, por que no tiene misericordia en su corazón, porque se creen justos, por esto y por aquello. Y sin darnos cuenta caemos en la misma trampa que cayeron los que nos criticaban. Creemos que porque hemos sido criticados tenemos el derecho de criticar a nuestros criticadores ¡uf qué trabalenguas!
Y no, no tenemos el derecho de devolver mal por mal, crítica por crítica por que eso nos convierte en lo mismo que estamos sufriendo. No creamos que porque nos han ofendido tenemos el derecho de empuñar una nueva crítica en señal de venganza y salir a mansillar a quienes nos han mansillado.
Por eso, San Pablo en la carta a los Efesios nos dice:
"Yo, el prisionero por el Señor, os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados.
Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vinculo de la paz".
¿Por qué generar la misma situación a otros cuando se cuánto duele lo que me han hecho a mí? Nuestra vocación, la que Jesús nos ha llamado a vivir es la de ser instrumentos de paz, de la Buena Noticia, y en nuestra vida de santidad no hay lugar para la venganza, para el "ojo por ojo diente por diente", no se llega a la paz dando más guerra.
Las palabras y los juicios de los hombres no pueden dañarme, porque no me daña lo que viene de afuera, sino lo que sale de mi corazón. Y si dejo que las palabras humanas dañen mi corazón, si dejo que las ofensas, los insultos, los prejuicios, los comentarios me hagan perder la paz es porque no estoy en Paz conmigo y con mi Dios. Y tengo que buscarla, fortalecer mi seguridad en mí mismo y en mi Dios, para que estando fuerte en mi corazón nadie me pueda quitar la paz, ni nadie pueda hacer que no sea fiel a la vocación a la que he sido convocado.
Por eso, lo más importante es defender mi vocación, el llamado que el Señor me ha hecho, porque en la Fidelidad a la Vida que Él me ha regalado, está mi paz, mi seguridad, y Él será mi escudo ante aquellos que quieren dañarme.
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