En el oficio de lectura San Leon Magno nos habla de la pobreza, y rescato este párrafo:
"El don de esta pobreza se da, pues, en toda clase de hombres y en todas las condiciones en las que el hombre puede vivir, pues pueden ser iguales por el deseo incluso aquellos que por la fortuna son desiguales, y poco importan las diferencias en los bienes terrenos si hay igualdad en las riquezas del espíritu. Bienaventurada es, pues, aquella pobreza que no se siente cautivada por el amor de bienes terrenos ni pone su ambición en acrecentar las riquezas de este mundo, sino que desea más bien los bienes del cielo".
No es necesario ni tener ni tener nada, es necesario descubrir el valor de los bienes del Cielo para encontrar el camino de la pobreza espiritual, pues cuando nos encontramos con los Bienes Celestial todo lo demás lo tenemos por nada, y sólo deseamos lo que Dios desea. Por eso Jesús nos decía: "bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos". Vivimos (o intentamos vivir) poniendo nuestra mirada en las cosas que son esenciales a nuestra vida espiritual, para que lo que día a día hacemos esté iluminado por el brillo del Cielo, pues del Cielo somos al Cielo retornamos.
Así no es necesario saber si en el mundo somos ricos o somos pobres, los bienes materiales son bienes para el hombre que le ayudan a su sostén y a la caridad con sus hermanos, pero no deben ser el fin de nuestra vida, ni el sentido de nuestra vida, porque hoy están y mañana desaparecen, y ninguno de esos bienes nos asegura el Camino hacia la patria verdadera.
Mucho aún nos queda por encontrar el valor de la verdadera pobreza de espíritu, porque mucho nos queda por aceptar el Camino de la Voluntad de Dios, pues estamos muy atados a nuestra propia voluntad y desconfiamos de lo que Dios pueda y quiera pedirnos cada día. Y hoy nos dice Jesús en el Evangelio:
«Nadie recorta una pieza de un manto nuevo para ponérsela a un manto viejo; porque se estropea el nuevo, y la pieza no le pega al viejo.
Nadie echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino nuevo revienta los odres, se derrama, y los odres se estropean.
A vino nuevo, odres nuevos".
Si queremos ser Hombres Nuevos tenemos que despojarnos de todo aquello que siempre creímos y dejarnos renovar en mente y espíritu por la Palabra de Dios, por el mensaje de Cristo y así, llenos de su Espíritu, poder vivir dispuestos para hacer la Voluntad de Dios. Por que no podemos pegar en nuestras vidas parches cristianos que nos hagan sentir por un momento que hacemos algo bien, sino que debemos renovar nuestra vida a la Luz de Cristo para vivir algo nuevo, para crear un Hombre Nuevo en mí, pero sólo lo podré hacer si estoy dispuesto a despojarme de todo lo que me impide esa total disponibilidad a la Voluntad de Dios, como María: "he aquí la Esclava del Señor, ¡hágase en mí según tu palabra!"
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