En este evangelio no puedo dejar de recordar que he podido estar en ese lugar en Tierra Santa, y eso me lleva a pensar en la amistad, el poder de la verdadera amistad que relata Lucas. Digo la verdadera amistad porque son los verdaderos amigos quienes intentan cualquier cosa y se arriesgan a todo con tal de que uno pueda alcanzar lo que sueña: en este caso llegar hasta Jesús para que sane a un amigo. No les importa el esfuerzo, ni los obstáculos son grandes barreras, todo lo contrario cuando un amigo está queriendo alcanzar algo no se tienen en cuenta los sacrificios, y los obstáculos son sólo granitos de arena a saltar, porque lo que se busca es el bien de la persona a la que se ama. Y la amistad es uno de los grados más hermosos del amor.
Pero también el evangelio nos muestra otro tipo de personas, aquellas que siempre están queriendo poner obstáculos en tu vida, que no buscan con sinceridad tu mejor bien, sino que siempre están queriendo minar tus progresos, no te ayudan a encontrar la luz sino que andan en las tinieblas y te llenan el corazón de oscuridad. Están aquellos que con mentiras y medias verdades intentan hundir tu vida sin ayudarte a crecer, sino todo lo contrario, buscan destruir tus ideales con tal de seguir siendo ellos, aparentemente, los mejores.
Claro que estas dos personas, algunas veces, o mejor dicho, siempre estarán no sólo cerca nuestro sino dentro nuestro. Es una realidad que no somos iguales con todos, pues tenemos diferentes tipos de amor y de amistad con las personas, pero tenemos que saber distinguir cómo somos, realmente, con cada una. Es cierto que no podremos ser iguales con todos, pero sí saber comportarnos y dar lo mejor de nosotros a todos, porque el pecado que habita en nosotros nos hace, en algunos casos, sacar lo peor de nosotros y podemos llegar a ser los amigos malos de la película.
La venganza, el rencor, la envidia, el orgullo y la vanidad (y tantas otras plagas que nos dejó el pecado original) habitan en nosotros y depende el momento y la persona afloran sin pensarlo, por eso necesitamos siempre recurrir al Espíritu Santo para que nos ayude a reconocer nuestras actitudes, nuestra forma de actuar pues como discípulos de Cristo hemos de ser aquellos hermanos-amigos que hacen lo imposible para que los demás puedan alcanzar sus mejores ideales, para que les sirvamos de ayuda para llegar al Señor, pues nuestra vida es luz, camino y guía para que puedan llegar a Jesús.
No dejemos que ciertos días o momentos o situaciones empañen nuestra función de samaritanos de nuestros prójimos, sino que todo lo contrario, estemos siempre dispuestos para salir al encuentro del que necesita de mi ayuda para alcanzar la salvación, como María que "presurosa" partió a la casa de Isabel pues sabía que su prima esta embarazada y necesitaba ayuda. Dejemos de lado nuestro YO y vayamos presurosos al encuentro de los hermanos para ayudarlos a llegar a Jesús.
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