sábado, 12 de diciembre de 2015

Si quieres entenderás

A los apóstoles, como a nosotros, les resultaba complicado comprender las palabras de Jesus al momento que las decía; tenían que ir "atando" frases y explicaciones y ahí sí poder comprender que era lo que les quería decir. Pero también vemos que no se animaban a preguntarle demasiado, en algunos momentos los evangelistas nos dicen que preguntaba cuando llegaban a casa, pero también que podían ellos mismos entender, si realmente querían entender.
Por eso es que hay que estar atentos a lo que Dios nos va diciendo en cada momento, porque su Palabra es constante y sus signos están siempre delante nuestro, pero si vamos enceguecidos por nuestras preocupaciones o por nuestro yo, o andamos demasiado acelerados que, a veces, ni siquiera escuchamos lo que nos están diciendo, ¡como vamos a comprender la Voluntad de Dios para nuestras vidas!?
Generalmente Dios no nos va a decir las cosas directamente (por no decir nunca) porque no tiene ni Facebook, ni twitter, ni whatsapp, ni nadie tan directo que nos mande una carta escrita. No, nos vamos a tener que acostumbrar a escucharlo, primero para saber cómo habla, cuáles son sus palabras preferidas, y, mas que nada, saber qué cosas Él no nos va a decir nunca.
Cuando leemos la Palabra de Dios, la Biblia, no sólo estamos leyendo algo, sino que estamos escuchando a Alguien, pues "es Palabra de Dios", es lo que Dios Padre quiso que quedara escrito para que conociéramos su modo de actuar, su modo de hablar. Claro que esto lo aceptamos desde la fe, porque sabemos que la Biblia la han escrito hombres, pero gracias a que decimos que tenemos Fe y que creemos en Dios, entonces aceptamos que esa palabra escrita por hombres ha sido inspirada por Dios, y por eso decimos que "es Palabra de Dios".
Es así que cuando la leemos comenzamos un diálogo con Dios, un diálogo en el que no sólo hablamos, sino que nos conocemos (aunque Él me conoce desde el vientre de mi madre) y cuanto más dialogamos más podemos entendernos y aceptarnos, porque llegamos a amarnos. Así podremos, como los apóstoles, saber esperar a que las explicaciones puedan llegar, que cuando no entendemos algo podemos preguntar y, en la intimidad de la casa, seguramente Él nos lo explicará.
Claro que hay, en todo esto, algo muy fundamente y primordial: saber escuchar y aceptar. Por supuesto que si no he aprendido a escuchar, es decir a hacer silencio para que el otro hable, o que cuando el otro está hablando yo le esté prestando atención para saber qué me dice; porque hay veces en que no escucho lo que me están diciendo porque "como se lo que me van a decir..." entonces pongo cara de escuchar y mi cabeza está en otro sitio.
Y, lo más importante, es saber si al escuchar y comprender voy a aceptar lo que me están diciendo, porque Dios no habla si sabe que no lo vamos a aceptar, quizás hable si sabe que no lo escuchamos porque sabe que en el fondo las palabras quedan; pero si no vamos a aceptar lo que nos quiera decir ¿para qué nos va a hablar? Como se dice vulgarmente "no gasta pólvora en chimangos".

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