sábado, 26 de diciembre de 2015

Escalera de la Vida en el Amor, la santidad

Ayer celebrábamos con gozo y júbilo la Fiesta del Nacimiento del Mesías, Salvador. Hoy la Iglesia nos propone celebrar el Martirio de San Esteban, el primer diácono. Y las dos cosas, o los dos peldaños forman parte de la misma escalera de la vida cristiana: el nacimiento a la vida divina y la entrega de la vida para alcanzar la eternidad. Claro que no toda vida cristiana finaliza con el martirio como el de Esteban, pero sí toda vida cristiana ha de estar preparada para entregar, en todo momento, su vida para salvar su fe.
Usé el término de escalera porque siempre me gustó pensar nuestra vida como una gran escalera, donde los peldaños son cada día o cada etapa de nuestra vida espiritual, en donde también encontramos algunos descansos que nos alientan, pero que siempre estamos en un proceso de seguir creciendo, de seguir subiendo hacia el "Monte" de las Bienaventuranzas.
Pero hoy, sobre todo, lo leí en la liturgia de las horas en el Sermón de San Fulgencio de Ruspe, donde hablaba del martirio de San Estaban y finalizaba con esta frase:
"La caridad, por tanto, es la fuente y el origen de todo bien, la mejor defensa, el camino que lleva al cielo. El que camina en la caridad no puede errar ni temer, porque ella es guía, protección, camino seguro.
Por esto, hermanos, ya que Cristo ha colocado la escalera de la caridad, por la que todo cristiano puede subir al cielo, aferraos a esta pura caridad, practicadla unos con otros y subid por ella cada vez más arriba".
Es la misma escalera pues la caridad es lo esencial de nuestra vida en santidad, no puede haber santidad sin caridad y la caridad nos lleva a la santidad. Y es la caridad, el amor, el que mueve los corazones de todos a la entrega total de la vida por un Ideal. Y para mí no hay mejor explicación que la que escribió Santa Teresita de Lisieux sobre lo que ella descubrió en el Caminito de su vida:
"La caridad me dio la clave de mi vocación. Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo, compuesto de diferentes miembros, no podía faltarle el más necesario, el más noble de todos ellos. Comprendí que la Iglesia tenía un corazón, y que ese corazón estaba ardiendo de amor.
Comprendí que sólo el amor podía hacer actuar a los miembros de la Iglesia; que si el amor llegaba a apagarse, los apóstoles ya no anunciarían el Evangelio y los mártires se negarían a derramar su sangre...
Comprendí que el amor encerraba en sí todas las vocaciones, que el amor lo era todo, que el amor abarcaba todos los tiempos y lugares... En una palabra, ¡que el amor es eterno...!
Entonces, al borde de mi alegría delirante, exclamé: ¡Jesús, amor mío..., al fin he encontrado mi vocación! ¡Mi vocación es el amor...!"
El celebrar la Navidad del Señor nos abre al misterio del Amor de Dios por los hombre, pues por Amor a nosotros se hizo Hombre para que nosotros pudiésemos ser hijos de Dios. Y al aceptar, nosotros, ser hijos de Dios comenzamos a recorrer este mismo Camino de Amor, un Amor que, día a día, nos lleva a morir a nosotros mismos para entregarnos por Amor a vivir la Voluntad de Dios, y alcanzar así el gran gozo de que el Amor invada nuestra vida y, por nosotros, llegue a los corazones de aquellos que lo buscan sin encontrarlo.

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