domingo, 26 de julio de 2015

Entregarnos al Señor para ser transformados

"Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice:
- «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces; pero, ¿qué es eso para tantos?»
Era muy poco para alimentar a tanta gente, pero era algo. Y era ese algo lo que Jesús intentaba que ellos dieran para que Él pudiera, con ese poco, hacer una multiplicación, pues con lo poco que le entregamos Él puede hacer mucho más. Pero primero necesita que le entreguemos algo.
Generalmente a Dios o a quien sea le llevamos nuestros problemas, pero pocas veces nos presentamos con soluciones pues siempre queremos que nos soluciones los problemas, nos cuesta ponernos a pensar en qué solución le podemos dar.
Pero más que nada esta frase me llevó a recordar algo que nos decía el P. Efraín hace muchos años, en la época de nuestra formación sacerdotal (y de eso hace ya varios años) Él nos decía que nos íbamos a tener que "enfrentar" a una generación que iba a ser incapaz de vivir del Evangelio, incapaz de ser cristiana por la sencilla razón de que se la estaba preparando para recibir de todo pero no entregar nada. Pues los padres estaban en esa actitud de que sus hijos no tenían que sufrir absolutamente nada (y eso está bien) y por eso ante cualquier reclamo o pedido había que cubrirlos de lo quisieran, y había que hacerlo rápido, no dejar que el niño sufriera por no tener lo que quisiera.
Y os preguntaréis ¿qué tiene que ver esto con el ser cristiano? Por que para ser cristianos lo primero que tenemos que aceptar es el llamado de Jesús, pues para seguirlo lo que Él nos dice es:
"quien quiera venir detrás de mí niéguese a sí mismo".
¿Cómo negarme a mí mismo si nunca lo hice, si no me enseñaron, o no me dejaron, o no quisieron que me negara nunca a mí mismo, si siempre que quería algo lo tenía? La negación a uno mismo implica un sufrimiento, porque no es fácil hacerlo, ni pensarlo ni quererlo. Pero ¿por qué tengo que negarme a mí mismo? Para poder seguirlo a Cristo, para poder vivir la Vida que Él me ofrece desde la Cruz y la Resurrección: una Vida Nueva.
Por eso le dice San Pablo a los Efesios:
"Yo, el prisionero por el Señor, os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados".
Esa vocación es la vocación a la santidad: "sed santos porque vuestro Padre Celestial es Santo" pues Él "nos eligió en la persona de Cristo desde antes de la creación del mundo para que fuéramos santos e irreprochables, ante Él, por el amor".
Para alcanzar la plenitud de nuestra vocación tenemos que entregarle a Dios nuestra vida, para que que Él nos transforme así como transformó el pan y los peces, así como transforma el pan y el vino en el altar, que también transforme nuestra vida de hombres en Vida de Hijos de Dios en santidad.
Pues para ello tenemos que aprender a dar de lo nuestro, tenemos que aprender a desprendernos de lo que queremos para aceptar lo que debemos, aunque ello nos cueste "lágrimas de sangre", pero es para alcanzar lo que anhelamos. Si no entregamos los dos panes y los cinco peces, aunque creamos que sea nada o poco, nunca veremos el milagro de la multiplicación que obra el Señor, ni tampoco el milagro de poder alimentar la Vida de nuestros hermanos con la Vida que Él nos da a nosotros.

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