Le dice san Pablo a los corintios:
"¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él. Porque el templo de Dios es sagrado, y ustedes son ese templo".
A partir del día de nuestro bautismo el Espíritu nos purificó y nos consagró como Templos Vivos del Espíritu Santo, para que seamos parte del Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia. Por eso, desde ese día, "habita en nosotros el Espíritu que nos hace clamar ¡Abba! ¡Padre!" y nos quiere ayudar a que, cada día, vivamos en Fidelidad a la Vida que recibimos: vida de hijos de Dios.
Así en todo momento y en cualquier lugar podemos encontrarnos con nuestro Padre y escuchar Sus Palabras, porque es el mismo Espíritu quien nos ayuda a ese diálago filial y nos permite descubrirlo en todo momento y lugar. Pero está en nuestra disponibilidad del corazón el querer estar con Él o sin Él, escucharlo o no, obedecerle o no. Y es por esa libertad que tenemos los hombres que no siempre le prestamos oídos a la Voz del Padre que habla en nuestro interior y por eso no alcanzamos la plenitud de los hijos de Dios que tanto anhelamos. Y así dice san Pablo: "la creación entera gime dolores de parto esperando la manifestación de los hijos de Dios".
¿Qué manifestación? Que vivamos en Fidelidad a la Palabra de Dios, que seamos verdaderamente hijos de Dios mostrando a las tinieblas del mundo la gloria de Dios que habita en nuestro interior y de la cual participamos por que Él mismo nos ha dado su Espíritu para que seamos Luz, Sal y Fermento en este mundo, en nuestro lugar y en nuestro tiempo. Nos manifestamos porque hablamos y vivimos de acuerdo a la Voluntad de Dios y no a la voluntad del mundo que quiere convencernos de vivir en las tinieblas y la oscuridad, cuando somos verdaderos hijos de la Luz y no de las tinieblas.
Ese celo por el Templo de Dios que manifestó Jesús y por eso sacó a todos los mercaderes del Templo de Jerusalen, es el mismo celo que tiene que estar en nosotros para quitar de nuestro corazón todo aquello que no sea la Luz del Espíritu, todo aquello que no sean los Dones del Espíritu Santo para que no nos dejemos contaminar por los desvalores que el Príncipe de este mundo está sembrando en los corazones de los hombres, sino que podamos manifestar con nuestra vida que la Vida en Dios es la que nos trae la verdadera felicidad, es la que le da sentido a nuestra vida, y la que nos lleva a la plenitud de la salvación.
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