"Hermanos:
Me alegré muchísimo en Cristo de que ahora, por fin, haya vuelto a florecer vuestro interés por mi; siempre lo habíais sentido, pero os faltaba la ocasión. ... Estoy avezado en todo y para todo: a la hartura y al hambre, a la abundancia y a la privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta. En todo caso, hicisteis bien en compartir mis tribulaciones".
En carta de San Pablo a los filipenses vemos cómo se alegra de la cercanía de la comunidad, una comunidad que no necesitaba que le dijesen o le pidiesen algo, sino que estaban siempre con el corazón preparado para ofrecer a Pablo o a otras comunidades de lo que ellos tenían, pero, sobre todo, como él mismo dice: "hicisteis bien en compartir mis tribulaciones".
Cuando el cristiano aprendió con Jesús a ser compasivo, aprendió a tener los ojos abiertos a las necesidades de los demás, y por eso no hace falta que nadie le diga necesito esto o lo otro, sino que le da lo que tiene para apagar la necesidad de sus hermanos. Necesidades que no sólo son materiales, sino que también son espirituales.
Lo que nos pasa es que siempre estamos vueltos hacia nosotros mismos, o nuestras familias (lo cual está bien) y sólo miramos dentro de las paredes de nuestra casa y no somos capaces de mirar hacia los demás. Bueno, en realidad miramos hacia los demás o para criticarlos o para decir que no hacen nada por mí. Pero esas no son actitudes cristianas...
Por eso a esta carta de san Pablo a los filipenses tenemos que unir lo que Jesús nos predica desde el evangelio:
"El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto.
Pues, si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Si no fuisteis fieles en lo ajeno, ¿lo vuestro, quién os lo dará?".
Por lo que podemos cambiar algunas palabras y decir: quien es generoso en lo poco es generoso en lo mucho", pero no siempre ocurre este razonamiento en nuestras vidas, pues como la viuda del evangelio no damos de lo que tenemos sino de lo que nos sobra. Y no sólo en lo material (vuelvo a insistir) sino también en lo espiritual.
¿Por qué esta exigencia de estar siempre mirando hacia los demás? Por que así es el verdadero amor que tenemos que vivir los cristianos, un amor que se brinda en todo momento, y para brindarse tiene que estar al tanto de lo que le sucede al otro, poder mirar al otro y compadecerse de su vida. Es decir, padecer con el otro, y si llegamos a poder padecer con el otro entonces intentaremos cubrir sus necesidades, ya sea desde lo económico como desde la oración o la compañía.
¡Hay tantas manera de ayudar a los demás si tenemos el corazón disponible! Pero si siempre estamos mirando nuestro propio ombligo y quejándonos de lo que nos falta y de lo que nos duele, entonces nunca tendremos ni tiempo ni dinero ni ganas de amar como Jesús nos amó, porque lo primero siempre será que se compadezcan de mí para luego poder ayudar a los demás.
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