domingo, 11 de noviembre de 2018

Confianza y generosidad

¿Somos generosos con lo que tenemos? ¿Sabemos apreciar lo que tenemos? ¿Confiamos en la Providencia Divina? ¿Nos gusta que sean generosos con nosotros? ¿Sabemos compadecernos del dolor de los demás?
Estas y muchas otras preguntas me surgen al leer los textos de este domingo, especialmente de Los Reyes y el Evangelio.
Quizás suene un poco duro el pedido de Elías a la mujer de Sarepta, pero lo hacía con un motivo mucho más grande que su propio deseo o su propia hambre: hacer conocer le Providencia Divina, pues el Señor había dicho:
"La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra"».
Y como Elías confiaba y creía en la Palabra del Señor, quería que también esa familia creyera gracias al milagro que iba a realizar.
La viuda del evangelio no actúo por pedido de Jesús ni por pedido de nadie, sino actuó sólo por generosidad de su corazón. Sabía que tenía que te ofrecerle al Señor lo que el Señor le había dado, pero no tenía más que esas dos monedad para vivir, y no dudó en dárselas. Y eso generó el asombro de Jesús y por eso la pone como ejemplo de generosidad al Señor.
Y todo esto no es para compararnos y saber si damos más que los demás o si los demás dan menos que nosotros. Porque, muchas veces, surge esa comparación ridícula y egoísta de decir "si fulano no hace lo mismo que yo", o "yo hago más que ninguno", y no es así lo que Dios quiere conseguir con estos ejemplos, sino hacernos ver que hay todavía mucho egoísmo en nuestro corazón. Egoísmo que permanece por nuestra falta de confianza en la Providencia Divina. Egoísmo que permanece por nuestro poco amor a los demás, porque no sabemos mirar a todos como nos mira el Señor, con una mirada de compasión por nuestro dolor.
Porque Dios nos amó y vió el dolor del pecado que habitaba en nosotros y por eso envió a su Hijo Único a librarnos del pecado. Y así su Hijo se entregó totalmente a nosotros para que nosotros recibiéramos el mayor de los tesoros: ser hijos de Dios. Por eso nos hemos de preguntar ¿qué es lo que le entregamos al Señor cada día? O, ¿nos entregamos confiadamente a las Manos del Señor cada día?
Seguramente tenemos respuestas a estas preguntas o tenemos excusas para estas preguntas, porque no siempre nos hemos entregado todo entero a la Voluntad de Dios, pues siempre nos dejamos cosas y tiempo para nosotros. Y con esto no quiero decir que tenemos que estar todo el día en la parroquia trabajando, sino que es mirar en cada momento cuál es la Voluntad de Dios, aprender a discernir y hacer lo que Él quiere, pues esa es mi entrega cotidiana.
Como escribía Santa Teresa:
Dadme muerte, dadme vida:
Dad salud o enfermedad,
Honra o deshonra me dad,
Dadme guerra o paz crecida,
Flaqueza o fuerza cumplida,
Que a todo digo que sí.
¿Qué queréis hacer de mí?

Dadme riqueza o pobreza,
Dad consuelo o desconsuelo,
Dadme alegría o tristeza,
Dadme infierno, o dadme cielo,
Vida dulce, sol sin velo,
Pues del todo me rendí.
¿Qué mandáis hacer de mí?

Si queréis, dadme oración,
Sí no, dadme sequedad,
Si abundancia y devoción,
Y si no esterilidad.
Soberana Majestad,
Sólo hallo paz aquí,
¿Qué mandáis hacer de mí?

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.