«Ha sucumbido mi esplendor y mi esperanza en el Señor».
Recordar mi aflicción y mi vida errante es ajenjo y veneno; no dejo de pensar en ello; estoy desolado; hay algo que traigo en la memoria, por eso esperaré:
Que no se agota la bondad del Señor, no se acaba su misericordia; se renuevan cada mañana, ¡qué grande es tu fidelidad!; me digo:
«¡Mi lote es el Señor, por eso esperaré en él!».
Las lamentaciones de nuestro corazón por los que se nos han adelantado en el camino a la Casa del Padre, es algo muy lógico, normal y tiene que ser así. Nuestro corazón se lamenta cuando un trozo de él vuela al Cielo. Así también lo sintió Jesús cuando su amigo Lázaro murió, aún sabiendo que él no se perdía, sino que volvía a la Casa Paterna, pero igual, dice el evangelio, que lloró por su amigo.
Estar triste por la pérdida de nuestros seres queridos no es malo, al contrario, es bueno porque hay amor entre nosotros y sufrimos el despedirnos de ellos. Lo sufrimos cuando sabemos que están lejos, ¡cuánto más cuando vuelven a la Casa del Padre!
Pero esa tristeza no se tiene que transformar en desesperanza porque sabemos a dónde han ido, porque sabemos que la muerte no es el fin de nuestas vidas sino que es la Puerta del Camino que nos conduce a la Vida, a la Vida junto al Padre:
"En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no; os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros".
La deseperanza llega al corazón cuando creemos que ya nada hay después de la muerte, cuando no hemos creído en la Palabra del Señor, sino que sólo creemos en lo que vemos y nada más. Cuando no hemos madurado en nuestra fe en las Palabras del Señor, la desesperanza nos cierra el corazón y la Luz del Espíritu no puede sanar la oscuridad del corazón. Y un corazón sin luz va perdiendo las ganas de vivir, de seguir adelante con la vida y, sobre todo, de valor y amar a quienes han quedado a nuestro lado.
Los que hoy creemos en Jesús no podemos decir como Tomás: "No sabemos a dónde vas ¿cómo vamos a conocer el camiino?". Porque sí sabemos a dónde fue Jesús: ascendió a los Cielos y está sentado a la Derecha del Padre, esa es nuestra Fe. Y también sabemos cuál es el Camino: "Yo soy el Camino", nos lo dijo Él mismo. Por eso "si vivimos en Cristo, moriremos con Cristo", y Él será nuestro Camino hacia la Casa del Padre.
Por eso sabemos que, cuando "hemos sido bautizados en Cristo" hemos sido unidos a su Vida y con Él resucitaremos a la Eternidad. Y así sabemos que cuando nos llegue el día, con Él viviremos en la Casa del Padre, y así sabemos que los que han muerto a esta vida terrenal también viven en la Casa del Padre. Es por ello que no podemos, los que creemos en Cristo, decir (como muchas veces decimos): "desde el lugar que estés", porque eso es faltar a la esperanza de creer que viven en Dios.
Hoy no sólo pidamos por ellos que viven en Dios, sino por nosotros para que madurando en la Fe nos podamos preparar, siempre, para el Gran Encuentro en el Reino de los Cielos.
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