viernes, 23 de noviembre de 2018

Dulce y amarga es la Palabra de Dios

«Ve a tomar el librito abierto de la mano del ángel que está de pie sobre el mar y la tierra».
Me acerqué al ángel y le pedí que me diera el librito.
Él me dice:
«Toma y devóralo; te amargará en el vientre, pero en tu boca será dulce como la miel».
Creo que para muchos, o para todos, es así como nos "sabe" la Palabra de Dios: cuando la leemos, generalmente, nos sabe algo dulce que nos atrae, que nos gusta, que queremos vivir porque nos hace promesas que necesitamos escuchar y nos ayuda a ver la vida desde otro punto de vista. Pero cuando comenzamos a vivirla nos encontramos con exigencias que nos saben amargas a nuestro interior pues son exigencias que no estamos dispuestos a cumplir, porque no pide mucho el Señor, y ahí es cuando esa Palabra que era dulce para nuestros oídos se nos vuelve amarga porque no queremos cumplirla, porque no está conforme a lo que esperábamos.
"Y me dicen:
«Es preciso que profetices de nuevo sobre muchos pueblos, naciones, lenguas y reinos».
Y cuando la aceptamos tal cual es nos sigue exigiendo que la profeticemos, que la anunciemos tal cual es y tal cual la hemos vivido. Y también, la misión del profeta suena dulce a nuestros oídos porque nos parece que es una misión que puede hacernos grandes, que es lo mejor que nos puede pasar, pero cuando la Palabra nos dice que anunciemos la conversión, que hablemos de la renuncia a nosotros mismos, que aceptemos la Cruz de cada día, entonces ya no queremos seguir profetizando.
Y así son las "contradicciones" del Señor, las contradicciones de Dios, que todo nos parezca dulce al principio pero cuando vamos profundizando y madurando en la fe, nos vamos dando cuenta cuánta es la exigencia del evangelio, cuánto es lo que tenemos que ir entregando, pero aún es más doloroso (si me permitís el término) descubrir qué lejos estamos de vivir lo que Dios nos pide, y de poder desterrar de nuestra vida el pecado que nos lleva a alejarnos de Dios a cada instante.
Sin embargo, el viene cada día a expulsar todo lo que nos estorba, con su Palabra el Señor quiere, como lo hizo en el Templo de Jerusalen, expulsar lo que no nos permite vivir el silencio de la oración, la cercanía con el Señor, el encuentro con el hermano. Quiere dejar limpio el espacio que nos separa de Dios y del hermano para que podamos construir ese Puente que nos acerca, cada día más a ellos y nos permite seguir creciendo en el Verdadero Amor, sin que haya ningún escollo que nos impida ir hacia Uno y hacia otro.
La expulsión de los mercaderes del Templo también el Señor quiere hacerlo en nuestro interior, si lo dejamos entrar a nuestro corazón vamos a descubrir cómo, con paciencia pero con fuerza, va a ir ayudándonos a convertir nuestra vida en un verdadero Templo donde el Espíritu Santo comience a morar y a iluminar, no sólo nuestra vida con sus Dones, sino a ayudarnos a ser luz para los demás, pues nuestra experiencia con la Palabra se transforma en sabiduría para los demás, y así podemos profetizar no sólo con nuestros labios sino con nuestra vida que "el amargor de la Palabra en nuestro interior" se transforma en luz con nuestro vivir.

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