"Hermanos, sed imitadores míos y fijaos en los que andan según el modelo que tenéis en nosotros.
Porque – como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos – hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas; sólo aspiran a cosas terrenas.
Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo".
Es increíble la conciencia que tiene San Pablo sobre nuestra realidad, y no escatima ni una palabra para ponernos sobre aviso de cómo vivir y las consecuencias de nuestro vivir. Es claro que se temperamento le hace poner mucho énfasis en sus palabras, pero también es su amor apasionado por seguir a Cristo, que no es sólo una convicción idealista, sino que ha sido provocada por un profundo encuentro con el Amor de Jesús por nosotros.
Y ¿por qué dice Pablo o, mejor dicho, él tiene la osadía de decir "sed imitadores míos"? Uno podría decir que es un vanidoso, pero no es así, tiene plena conciencia de lo que dice y no se avergüenza nunca ni de sus pecados ni de sus virtudes, porque sabe lo que le cuesta día a día sostenerse en la fidelidad al espíritu, esa lucha constante que él nos describe es la lucha del que cree lo que está diciendo, y creyéndolo lo vive día a día. Una lucha que es por Amor a Cristo y en obediencia al Padre, y por eso su amor apasionado lo lleva a abrazar la Cruz del negarse a sí mismo, la Cruz de la persecución, la Cruz del dolor y la soledad, la Cruz de la lucha interior por la santidad en el amor.
Ser ciudadanos del Cielo pero conscientes de que nuestros pies aún están en la tierra, por eso la confianza de la conversión no está en su propia fuerza sino en la Gracia del Salvador que nos dio el Padre, porque ha sido Él quien por su infinito amor hacia nosotros nos envió a su Hijo Único para que nos entregara su Vida y sea así nuestro abogado constante, nuestro guía, nuestro Camino, nuestra Verdad y nuestra Vida. Así en la lucha contra el pecado, a pesar de que nuestra conciencia nos condene, tenemos un abogado ante el Padre que es nuestro Salvador, y si vamos a Él con el corazón contrito y humillado Él nos da la Gracia en abundancia para aplacar el dolor del pecado y llevarnos de Su Mano, desde la oscuridad a la Luz de la Vida.
Sí, nuestro caminar en la tierra siendo ciudadanos del Cielo no es un andar sin dificultad, pero por ello tenemos a Quien nos tiende día a día la Mano para ayudarnos a levantarnos, a sostenernos y a llevarnos hacia la meta final: Nuestro Señor Jesucristo.
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