"Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu".
La hermosa imagen que nos presenta San Pablo, no es sólo eso: una hermosa imagen de lo que es la Iglesia, sino lo que debería ser una hermosa y bien vivida realidad en la Iglesia. Aún nos falta mucho madurar en esta realidad de que cada uno tenemos un Don particular y que hemos de compartirlo con los demás sin envidias, rencores, egoísmos y vanidades. Pero claro, el pecado original nos sigue invadiendo y confundiendo a la hora de darnos cuenta de lo que debemos hacer, porque tampoco hemos descubierto bien quienes somos, cada uno.
Hay una realidad con la que vamos creciendo: compararnos con los demás, o comparar a los demás con uno mismo, si tal es mejor que el otro o si el otro es mejor que yo, y, como siempre, las comparaciones son malísimas para la convivencia y el buen vivir. Pero no nos damos cuenta de lo que tenemos entre manos, no nos damos cuenta del "tesoro que llevamos en vasijas de barro" y en lugar de hacerlo brillar lo llenamos de barro.
Conocer nuestros talentos, conocer el proyecto de Dios en nuestras vidas nos da, a cada uno, la tranquilidad del saber vivir y la seguridad de la confianza de que lo que hago lo hago porque Dios me lo ha mostrado así. Y en ese saber puedo compartir sin mirar a los lados lo que los demás hacen, porque la responsabilidad sobre los talentos que me han dado es sólo mía y de nadie más. No puedo culpar a los demás de no poder usar mis talentos, y no puedo culpar a los demás porque no aprecien mis talentos. Yo, y sólo yo frente a Dios tengo que saber el para qué me han sido otorgados.
Tomando la misma metáfora de San Pablo: el hígado no le pregunta al corazón cómo actuar, sólo actúa porque tiene una estructura particular para hacerlo. Así, como lo leemos en Santa Teresita de Lisieux, nuestro deseo será completado por Dios si dejamos que Dios nos ayude a ver cuál es nuestra misión. Quizás nos guste, como ella, ser todo y hacer todo, pero no todo lo puedo hacer y, tampoco tengo los dones para ser todo, pero sí puedo y debo ser lo que Dios quiere que sea, pues para ello me ha dado los dones que me ha dado.
Su Palabra es la que me ayudará a encontrar un sentido a mi vida, un Camino para vivirla y regará con su Gracia los dones para que vayan fructificando a su tiempo y alcance así la alegría que da saber que "todo se ha cumplido", que he sido fiel y que "he corrido hasta el final y no he perdido la fe".
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