jueves, 8 de septiembre de 2016

Dejemos que María nos conduzca

Es interesante ver cómo en el día del Nacimiento de María, la liturgia nos propone dos lecturas que parecen, casi, contrarias: la pequeñez y la grandeza. La pequeñez de la elegida y la grandeza de la elegida, la niña virgen elegida y la madre virgen.
Es que María nos muestra la hermosura de su niñez virginal, llena de confianza y seguridad, llena de confianza en su Dios y Señor, y seguridad en las palabras que elige para responderle en el momento del anuncio. Y la madurez de la madre, que ha recibido la Grandeza del Espíritu para poder ser portadora del Salvador, per a la vez sin perder la infancia virginal de su corazón y su espíritu, significado en la virginidad de su cuerpo.
Es la Madre de quien hoy celebramos su nacimiento, pero una Madre que se ha convertido en modelo para todos y en co-redentora de todos los hombres, si ellos se dejan conducir de Su Mano hacia el Hijo Salvador.
Esa conducción que nos permite vivir el Padre Dios de manos de María, es una conducción que nos lleva por un Camino de Salvación, un Camino que nos libera de la hipocresía de la adultez que nos hace creer que todo lo podemos solos, haciéndonos vivir la alegría de la confianza, el gozo de la pequeñez espiritual que nos permite saber quién es el que Conduce y cuál es el final del Camino. Pero que, a la vez, es una conducción que va fortaleciendo nuestro espíritu haciéndolo madurar en la constancia, en la paciencia, en la esperanza y, sobre todo, en la aceptación cotidiana de la Cruz de cada día, una aceptación que nos lleva a poder, como dice San Pablo: "Ahora me alegro de poder sufrir por ustedes, y completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, para bien de su Cuerpo, que es la Iglesia", uniéndonos, también, a la misión co-redentora de la Madre.
Y, así, en María descubrimos que el gozo y la Bienaventuranza que todos buscamos y que deseamos anhelar está en dejarnos conducir de su mano por el Camino que el Señor quiere llevarnos, viviendo la alegría de la infancia espiritual para alcanzar el gozo de la fortaleza de un espíritu maduro que sabe renunciar a sí mismo para aceptar la Voluntad de Dios aquí en la tierra como en el Cielo.
¡FELIZ CUMPLEAÑOS QUERIDA MADRE MARÍA! No nos dejes nunca de tu mano.

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