jueves, 29 de septiembre de 2016

Nuestra fe en los ángeles del Señor

"Jesús le contestó: -«¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores». Y le añadió: -«Yo os aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre»
El Don de la Fe, es el mejor de los dones que hemos podido recibir, pues, para mí, es el Don, el regalo, que nos permite hacernos pequeñitos ante Dios, nos permite abrir el corazón y la mente para creer aquello que no logramos ver o entender, pero que, gracias a la Fe, confiamos que el Padre nos ha transmitido todo lo necesario para nuestra vida.
Por el Don de la Fe creemos en los ángeles, seres celestiales, que contemplan a Dios cara a cara, que reciben de Él Su Palabra para que puedan, en ciertos momentos transmitirla a nosotros. Seres espirituales que contemplando a Dios acompañan nuestras vidas y nos susurran al oído su Palabra.
¿Cuándo veremos el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre? No importa cuando, importa que existen, que están y que Él nos lo ha revelado. Y es lo que nosotros creemos y porque lo creemos sabemos que existen y están, son las verdades de nuestra fe y como tales nos alientan cada día en el caminar, sabiendo que no estamos solos aunque no haya nadie a nuestro lado, nos parece que no nos escuchan pero siempre están atentos a nuestras voces, no sentimos su presencia pero sabemos que nunca nos abandonan, no vemos su rostro pero nos iluminan con su presencia.
Los ángeles del Señor siempre están entre los hijos de Dios, siempre están entre los hijos de los hombres, aunque nunca nos quitan libertad, aunque nunca nos obligan con su voz, aunque siempre respetan nuestras decisiones. Los conocemos? No, quizás no conocemos su importancia en nuestras vidas. No conocemos su rostro, ni su nombre, pero siempre que pensamos en ellos nos atraviesa el alma una sensación de paz y serenidad pues sabemos que estando junto a nosotros estamos junto al Señor.
Son los ángeles que suben y bajan, pero que siempre están. Es nuestra Fe que nos regala el creer y saber que si crecemos como niños ante Dios, ellos seguirán nuestros pasos y un día, de sus manos, llegaremos a contemplar lo que ellos contemplan, a vivir lo que ellos viven, a gozar lo que ellos gozan. La Fe nos habla de ellos y nuestro corazón los siente cada día más cerca.

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