- «Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba: vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Con razón os he dicho que moriréis por vuestros pecados: pues, si no creéis que yo soy, moriréis por vuestros pecados.»
Somos de aquí abajo cuando no valoramos lo de allá arriba, cuando vivimos tan inmersos en este mundo que nos olvidamos de elevar nuestro corazón a las cosas del cielo. No siempre nos acordamos que gracias a al Espíritu que nos dio nos transformó en hijos de Dios, y seguimos atados al suelo.
Hace un tiempo salió en facebook una foto de un caballo atado a una silla de plástico con un letrero: "lo que nos ata es sólo la cabeza" (o algo por el estilo) Cuando nuestro pensar es sólo mundano siempre viviremos en el mundo, por más que vayamos todos los días a misa, recemos el rosario o la liturgia de las horas, o hagamos miles de procesiones y peregrinaciones. Al salir de misa o al dejar de rezar ya estaremos pensando en las cosas del mundo.
Sí, es lógico que pensemos en lo que tenemos que hacer para vivir o sobrevivir en este mundo. Pero no tenemos que dejarnos consumir por el mundo, no tenemos que dejarnos llevar de las narices por lo que el mundo nos dice que hagamos, por que así perdemos lo maravillosa que es nuestra vida de hijos de Dios, nuestros valores más altos y nuestra vida de santidad queda atada a la silla del mundo, y nos vamos olvidando de lo que el Padre quiere que hagamos.
Claro, porque al Padre Dios lo dejamos para los momentos de misa, de oración, pero después ya creo que yo lo se todo, que sólo yo puedo manejarme y dejarme llevar por lo que creo que está bien, o por lo que quiero hacer.
«Cuando levantéis al Hijo del hombre, sabréis que yo soy, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada.»
"Cuando les exponía esto, muchos creyeron en él"
¿Por qué creían en Él? Porque veían que cuanto les decía era lo que hacía, no se dejaba llevar por lo que otros creían o decían, sino por lo que "lo que le agrada al Padre".
Es cierto que lo que le agrada al Padre para que yo haga, Su Voluntad, no siempre está en el mismo camino que he elegido, por eso el Hijo "sufriendo aprendió a obedecer", y esa obediencia le llevó a la Cruz, pero allí no terminó su Vida, sino que resucitó y nos dio Vida Nueva. Y esa es la Vida que nos espera cada día: resucitar como hijos de Dios para que el mundo crea, porque "los hombres viendo vuestras buenas obras glorificarán al Padre que están en los Cielos". Nosotros somos el rostro de Jesús, y el rostro de Jesús mostraba el rostro del Padre.
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