«Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien...
Entonces, venid y litigaremos - dice el Señor-.
Aunque vuestros pecados sean como púrpura, blanquearán como nieve; aunque sean rojos como escarlata, quedarán como lana".
El consuelo del Señor nunca se deja esperar, siempre está ahí esperándonos para que podamos resolver nuestros conflictos, para limpiar nuestro pecados, para sanar nuestras heridas. Siempre espera.
Siempre espera que nos demos cuenta de que hemos equivocado el camino, que hemos dejado de lado la gracia, el amor, la verdad, la justicia, la fidelidad; porque cuando reconocemos nuestro error y nuestra debilidad, y con un "corazón contrito y humillado" vamos a Él, Él nos perdona, nos purifica y Su Gracia nos renueva y fortalece para poder volver al Camino de Su Voluntad.
Muchas veces no comprendemos el valor de una real y verdadera confesión, porque hemos perdido el gusto de recibir su Gracia y Fortaleza, y creemos que confesarnos es sólo un mero trámite que, por lo menos, tenemos que hacer una vez al año. Pero también los hay quienes creen que es un pasar por debajo del grifo de agua y salir limpio para volver a ensuciarnos, y por eso abusan de la confesión.
La confesión es mucho más que eso y por eso no podemos dejar de encontrarnos con el Señor en ese hermoso (aunque nos cueste) momento, porque a pesar de que cuando voy a confesarme veo a un hombre pecador como yo, mi fe me dice que ahí está Jesús, esperándome para escuchar, esperándome para aconsejar, esperándome para lavar mi corazón y mi alma, y quitarme el peso que me agobiaba, y con Su Gracia devolver la frescura y la belleza original a mi alma.
¿Por qué digo verdadera y real confesión? Porque muchas veces parece que no sé qué confesar, voy como un autómata a decir cosas ciertas pero no desde el corazón, y a Jesús tengo que darle el dolor de mis pecados, la angustia de que me duele haber dejado de lado el Amor de Dios y haber tomado una camino que no era Su Camino, haber vivido momentos que no eran propios de un hijo de Dios, momentos que no me ayudaban a crecer en santidad. Porque cuando sentimos el dolor de nuestros pecados es cuando más necesitamos del médico que nos alivie, que nos cure, que nos salve.
Es en ese momento en el que la Gracia vuelve a mi vida; es el momento en que el Espíritu Santo al lavar mis pecados me perfuma con el suave olor de sus dones y me envuelve con perfume de la santidad. No dejemos que esos momentos pasen por nuestra vida sin vivirlos intensamente, sino pidamos al Señor la Gracia de que cada confesión sea un momento de encuentro extraordinario con Él, para que nuestra vida no caiga en la rutina de lo ordinario, sino que en lo ordinario de nuestros días sea una vida extraordinaria que vaya dejando a su paso el hermoso aroma de la santidad.
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