Me dijo: «Estas aguas fluyen hacia la comarca levantina, bajarán hasta la estepa, desembocarán en el mar de las aguas salobres, y lo sanearán. Todos los seres vivos que bullan allí donde desemboque la corriente, tendrán vida; y habrá peces en abundancia. Al desembocar allí estas aguas, quedará saneado el mar y habrá vida dondequiera que llegue la corriente..."
Una hermosa visión que yo la comparo con cada uno de nosotros. Sí, porque el agua sale del templo y llega a lugares que necesitaban del agua pura para volver a tener vida. Cada uno de nosotros ha recibido el agua del bautismo que lo purificó y cuando vamos al templo nos renovamos con el Pan de la Eucaristía, que nos purifica y nos fortalece para que al salir seamos esas aguas caudalosas que llegan a todos los sitios para llevar la Gracia y la Vida del Agua Bautismal que se renueva en cada Eucaristía.
Es una visión que nos hace tomar conciencia de la importancia que tiene nuestra vida en el mundo, si nos dejamos purificar y santificar seremos capaces de transformar la realidad por donde pasamos, no por nuestra perfección, sino por la Gracia de Dios que llevamos con nosotros.
Somos instrumentos en manos de Dios para poder sanear y purificar la realidad, no dejemos que nuestra desesperanza, incredulidad o inconsciencia le impidan al Padre realizar su Plan de Salvación.
Hoy sabemos que cuesta ser verdadero cristiano, porque las aguas del mundo cubren nuestra realidad, y la fuerza de su caudal muchas veces nos lleva hacia donde no deberíamos. Por eso en el año 2000 el Santo Juan Pablo II nos decía: tenéis que ser mártires de remar contra la corriente del mundo. Y ese martirio hoy se hace más evidente porque cada día la fuerza de las aguas del mundo son más fuertes, y se llevan con ellas todo lo que encuentran.
Pero también miremos nuestros hermanos de Pakistán, Irak y tantos otros países, ellos son capaces de resistir, con la Gracia del Espíritu Santo, la fuerza del mal y van purificando el caudal del mundo con su propia sangre. A nosotros hoy no se nos pide nuestra sangre, pero sí nuestra vida, porque es nuestra vida entregada en la Manos del Padre la que será el instrumento para llevar el Agua Nueva al mundo, serán nuestras palabras, nuestras acciones, también nuestros silencios y nuestro compromiso social los frutos nuevos del agua bautismal que muestre que es posible remar contra la corriente y alcanzar la felicidad que tanto anhelamos.
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