Del Comentario de santo Tomás de Aquino, presbítero, sobre el evangelio de san Juan
Yo soy el buen pastor. Es evidente que el oficio de pastor compete a Cristo,
pues, de la misma manera que el rebaño es guiado y alimentado por el pastor, así Cristo alimenta
a los fieles espiritualmente y también con su cuerpo y su sangre. Erais como ovejas descarriadas
-dice el Apóstol-, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras almas.
Pero, ya que Cristo por una parte afirma que el pastor entra por la puerta y
en otro lugar dice que él es la puerta y aquí añade que él es el pastor, debe concluirse de todo
ello que Cristo entra por sí mismo. Y es cierto que Cristo entra por sí mismo, pues él se
manifiesta a sí mismo y por sí mismo conoce al Padre. Nosotros, en cambio, entramos por él, pues
es por él que alcanzamos la felicidad.
Pero, fíjate bien: nadie que no sea él es puerta, porque nadie sino él es luz
verdadera, a no ser por participación: No era él -es decir, Juan- la luz, sino testigo enviado a
declarar en favor de la luz. De Cristo, en cambio, se dice: Era la luz verdadera que ilumina a
todos los hombres. Por ello de nadie puede decirse que sea puerta; .esta cualidad Cristo se la
reservó para sí; el oficio, en cambio, de pastor lo dio también a otros y quiso que lo tuvieran
sus miembros: por ello Pedro fue pastor y pastores fueron también los otros apóstoles y son
pastores todos los buenos obispos. Os daré -dice la Escritura- pastores conforme a mi corazón.
Pero aunque los prelados de la Iglesia, que también son hijos, sean todos llamados pastores, sin
embargo, el Señor dice en singular: Yo soy el buen pastor; con ello quiere estimularlos a la caridad,
insinuándoles que nadie puede ser buen pastor si no llega a ser una sola cosa con Cristo, por la
caridad y se convierte en miembro del verdadero pastor.
El deber del buen pastor es la caridad; por eso dice: El buen pastor da su vida
por las ovejas. Conviene, pues, distinguir entre el buen pastor y el mal pastor: el buen pastor es
aquel que busca el bien de sus ovejas, en cambio, el mal pastor es el que persigue su propio bien.
A los pastores que apacientan rebaños de ovejas no se les exige exponer su propia
vida a la muerte por el bien de su rebaño, pero, en cambio, el pastor espiritual sí que debe renunciar
a su vida corporal ante el peligro de sus ovejas, porque la salvación espiritual del rebaño es de más
precio que la vida corporal del pastor. Es esto precisamente lo que afirma el Señor: El buen pastor da
su vida -la vida del cuerpo- por las ovejas, es decir, por las que son suyas por razón de su autoridad
y de su amor. Ambas cosas se requieren: que las ovejas le pertenezcan y que las ame, pues lo primero
sin lo segundo no sería suficiente.
De este proceder Cristo nos dio ejemplo: Si Cristo dio su vida por nosotros, también
nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos.
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