Le dijo Isabel a María:
"Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá".
Lo que repitió Jesús, cuando le dijeron ¡Felices los pechos que te amamataron...!:
"Bienaventurados los que esuchan la Palabra de Dios y la practican".
Y esa es María: la Bienaventurada por generaciones porque supo escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica. No fue sólo la Madre de Jesús, la Madre de Dios, sino que fue Feliz y Bienaventurada porque: "se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava".
El desasimiento de sí misma para poder escuchar la Palabras y la disponibilidad para poder vivirla, es lo que hizo de María la mujer plena, el Hombre perfecto. Una realidad a la que todos esperamos llegar, por no siempre encontramos el camino. Y, sin embargo, hace más de 2000 años una pequeña adolescente, encontró el camino de la plenitud y la bienaventuranza, porque no dudó en hacerse esclava de la Voluntad de Dios.
María nos enseña que la "esclavitud a la Voluntad de Dios" no degrada nuestra integridad ni de varón ni de mujer, sino todo lo contrario, nos hace fuertes y seguros de nosotros mismos, porque es el Señor quien guía nuestros pasos y nos da la fortaleza necesaria para ser Fieles a la Vida que Él mismo nos entregó. "Nadie nos conoce más a nosotros mismos que aquél que nos tejió en el ceno de nuestras madres".
Pero no sólo hace falta el desasimiento total de uno mismo para alcanzar la plenitud, sino también la disponibilidad pronta para vivir la Voluntad de Dios. Porque no basta con escuchar a Dios, sino que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Y con este antes que a los hombres, también va para cada uno de nosotros, que somos hombres. Porque nuestra humanidad no siempre estará de acuerdo con la Voluntad de Dios, y ahí será el conflicto, "la lucha entre la carne y el espíritu", que nos hará dudar, quizás, de vivir lo que Dios nos pide. Y aunque hayamos escuchado, quizás no queramos cumplir.
Por eso María nos enseña que el desasimiento total de uno mismo y la prontitud en vivir la Palabra de Dios es el Camino seguro y cierto para alcanzar la plenitud:
"Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mi: “su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación".
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