martes, 27 de agosto de 2019

Fidelidad o fariseismo

"Nuestra exhortación no procedía de error o de motivos turbios, ni usaba engaños, sino que, en la medida en que Dios nos juzgó aptos para nos confiarnos el Evangelio, y así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones".
La misión del apóstol: predicar sin errores, sin motivos, turbios, ni engaños; y a la vez saber que quien nos eligió fue el Señor: "no sois vosotros los que me elegisteis a mí, sino Yo que os elegí a vosotros y os envío para que deis frutos y frutos abundantes". Y así serán los frutos si, siempre, en nuestra vida tenemos presente que "tenemos que contentar a Dios y no a los hombres", porque en cuanto dejamos que en nuestra predicación "entre" la voluntad de los hombres, incluso, la de cada uno, estaremos dañando el mensaje del Evangelio.
Cuando hacemos del llamado una opción para alcanzar fama, autoridad, o privilegios que no son los que Dios ha querido para el apóstol, entonces estamos dañando el mensaje del Evangelio, porque primero hemos puesto nuestro YO, antes que la fidelidad al Evangelio.
No son pocos los que, sin tener en cuenta la fidelidad a Dios, buscan en la Iglesia un lugar para promocionarse a sí mismos, y así contaminan el mensaje del Evangelio, ya sea con sus propias palabras o haciéndose eco del deseo del mundo de cambiar y vivir de otro modo el Evangelio de Jesucristo.
"Bien sabéis vosotros que nunca hemos actuado ni con palabras de adulación ni por codicia disimulada, Dios es testigo, ni pretendimos honor de los hombres, ni de vosotros, ni de los demás, aunque, como apóstoles de Cristo, podíamos haberos hablado con autoridad; por el contrario, nos portamos con delicadeza entre vosotros, como una madre que cuida con cariño de sus hijos".
San Pablo nos deja muy en claro que nuestra vida en Cristo ha de ser una vida de fidelidad a Su Palabra, a la Voluntad del Padre, y no a la voluntad de los hombres.
«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el décimo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más grave de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad!
Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello.
¡Guías ciegos, que filtráis el mosquito y os tragáis el camello!
¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis rebosando de robo y desenfreno! ¡Fariseo ciego!, limpia primero la copa por dentro, y así quedará limpia también por fuera».
El fariseísmo en la iglesia no sólo se da en los que tenemos la misión de predicar, sino en el corazón de todos los bautizados que no han descubierto que el Señor nos ha llamado a servir al Evangelio y al hombre, y no a servirnos a nosotros mismos para conseguir un rédito personal. Hemos sido llamados, todos, para ser Fieles a Dios y no a nosotros mismos.

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