domingo, 7 de abril de 2019

Un espejo para el alma

Es muy fácil acusar, levantar el dedo acusador y señalar al pecador y, si se puede, destruir su fama en el pueblo, porque "ha sido encontrada en flagrante adulterio". ¿Qué es lo que sabes tú de esa personas? ¿En qué te basas para hacer esa acusación? Buscas una respuesta afirmativa a tu juicio absoluto sobre la vida de los otros? Bueno, aquí tienes una opción: "el que esté sin pecado que tire la primera piedra".
Insistieron tanto para que Jesús respondiera y, sobre todo, que de una respuesta para poder acusarlo como acusaban a la mujer, que Jesús le dio la respuesta exacta: la que ellos menos pensaban que les iba a dar, y que nos podía dar a nosotros: "el que esté sin pecado que tire la primera piedra". Para mí es como poner un espejo al alma y mostrarme mis propias debilidades, mis propios pecados y descubrir que así como quiero que sean compasivos y misericordiosos conmigo, también tengo que serlo con los demás.
¿Me gustaría a mí que me lapidaran en la plaza pública? ¿Me haría mucha gracia que todos hablaran de mí y destruyeran mi fama en el pueblo? ¿Soy capaz de dar a conocer mis pecados en público para que los demás me juzgaran? Pues no lo hagas con los demás.
Por eso, ante la respuesta de Jesús, dice el Evangelio, "se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos". No, no me gusta que digan mis pecados. No me gusta que me juzguen en la plaza pública. Por eso no tengo autoridad para lanzar la primera piedra. No tengo autoridad para destruir la fama de alguin porque no me gusta lo que hace o lo que dice, quizás a otros no le guste lo que hago o digo yo.
Claro que Jesús no aceptaba el pecado. Claro que Jesús denunciaba el pecado del mundo. Pero nunca le puso un nombre propio al pecado, porque no quería la muerte del pecador sino que se convierta y viva. Por eso le dijo a la mujer:
"Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante.
Jesús se incorporó y le preguntó:
«Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?».
Ella contestó:
«Ninguno, Señor».
Jesús dijo:
«Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».
No te condeno, pero no peques más. Cambia de vida porque el camino que llevas está mal, no te conduce a la vida. Pero ahora que estás aquí, recibe mi compasión y mi ayuda para que cambies de vida: no peques más.

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