El dolor de la Cruz, y el escándalo de la muerte en Cruz, hizo que los apóstoles y los discípulos no se acordaran de las Palabras de Jesús, que, muchas veces antes les había anunciado: "el Hijo del Hombre será entregado en mano de los hombres y los crucificarán y al tercer día resucitará".
Y así sigue sucediendo: el escándalo de la Cruz, el miedo al dolor nos hace perder el contexto de nuestra fe, la fuerza de la esperanza, y nos ciegan las lágrimas para ver lo que el Señor tiene para decirnos y nos impide ver la realidad que eso implica en nuestras vidas.
Las lágrimas no le permitieron a María ver a los ángeles en el sepulcro, ni reconocer a Jesús resucitado que le estaba hablando, sino hasta el momento en que Jesús la llama por su nombre.
Aunque el dolor nos traspase el corazón y el escándalo de la Cruz no nos deje ver, no permitamos que las lágrimas nos impidan descubrir el mensaje que el Señor tiene para nosotros, porque en ese momento es cuando llegamos a encontrar el sentido del misterio de la Fe, porque la Luz de la Fe nos ayudará a salir de nosotros mismos y buscar un sentido a lo que estamos viviendo, para que lo que el Señor nos enseñó nos ayude para volver a confiar, a tener esperanzas en que lo que estamos viviendo ya había sido anunciado, y ahora, confiando en Su Palabra podremos encontrar un nuevo Camino para seguir adelante.
Dios nos ha hablado por medio de los Profetas, y en el último tiempo por medio de Su Hijo, pero no siempre escuchamos Su Palabra porque vamos agobiados por nuestro propios planes y proyectos, porque creemos que lo nuestro siempre es más importante que la maduración en la FE, y así, cuando llega el momento de tener que poner en práctica La Palabra del Señor no podemos, porque no tenemos la fortaleza de la fe, ni la luz de la esperanza que el Señor había querido darnos y cómo nos había dicho que iban a ser las cosas.
Igualmente, si estamos atentos, siempre Él vendrá a nuestro auxilio, pero, debemos escucharlo, prestar atención a los gestos y signos que día a día nos va dando, para poder renocer en ellos lo que es para nosotros mismos. No permitir que la oscuridad de la Cruz nos ciegue de tal manera que no podamos entender el mensaje de salvación que Él ha querido darnos, sino estar abiertos a Su Palabra para alcanzar la conversión y la salvación.
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