"La ciudad se llenó de alegría", termina así el párrafo de los Hechos de los apóstoles, al hablar de la misión de Felipe en Samaría, contando cómo la gente lo escuchaba y veía los signos (milagros) que hacía. Esta frase me hizo acordar a una película (que por lo menos así se llamaba en argentina): "la ciudad de la alegría", que estaba basada en los misioneros de Calcuta, una ciudad donde la pobreza y la enfermedad, era lo que más se mostraba, y en medio de ella la vida de los misioneros. Se podría decir o pensar que llamarle "ciudad de la alegría" era una burla o una mentira, pero la ciudad tenía la alegría del misionero, la entrega de esas pesonas que con el corazón llenos del Amor de Cristo, llevan la alegría del Evangelio a quienes están sufriendo en su corazón y en su alma.
Si pensamos que los milagros que pedimos son los que nos van a dar alegría... sí es cierto que un milagro nos puede dar alegría, un momento, pero después volvemos a ser humanos imperfectos y la enfermedad y la muerte van a volver a nuestras vidas, a nuestra familia, a nuestro alrdedor. Es cierto que podemos alegrarnos cuando alguien se sana de una gran enfermedad, o cuando se puede evitar una catástrofe, pero eso es algo momentáneo, no dura para toda la eternidad.
Por eso la alegría no está en que logremos que Dios haga el milagro, sino en que tengamos la suficiente fuerza para aceptar lo que nos toca vivir. Que no sea lo que estamos viviendo en ese momento lo que nos quite la alegría, el gozo de la Fe, sino que sea la Fe la que nos ayude a mantener la esperanza puesta en el Amor de Dios por nosotros que, aunque parezca que no nos escucha o no nos quiere (como a veces decimos) Él siempre está a nuestro lado. Sino miremos el Camino de la Cruz de Jesús, si bien Él también lo sufrió y sintió la soledad de la Cruz, pero nunca dejó de tener la mirada puesta en Su Padre, y por eso, la Cruz no fue el final del Camino sino que es un parte del Camino, que nos lleva a la resurrección.
Así, la alegría nace de la Fe que nos da la Promesa del Padre, se mantiene con la Esperanza que nos trajo el Hijo con su resurrección de entre los muertos, y alimenta nuestro Amor y nuestra alegría con el Pan de la Vida que nos da en cada Eucaristía. Este es el verdadero Plan que tenemos que vivir cada día: encontrarnos con el Padre y el Hijo, en su Palabra y en el Pan de la Vida que alimentan nuestra Fe, Esperanza y Caridad para que el gozo y la alegría de sabernos amados, elegidos y consagrados como hijos en el Amor, nos ayuden a llevar ese mismo gozo a todas partes, pues ese Gozo es el que será eterno y ayudará a aliviar los dolores del alma.
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