viernes, 26 de enero de 2018

Ungidos para ser Fieles

"Al acordarme de tus lágrimas, siento un gran deseo de verte, para que mi felicidad sea completa. Porque tengo presente la sinceridad de tu fe..."
Es una hermosa frase de san Pablo a Timoteo, un obispo a quien él mismo consagró. ¿Por qué me parece hermosa? Porque hay un sentimiento de compasión, de cercanía, y una expresión sincera de un corazón de padre que se hace eco del sufrimiento de su hijo espiritual. Pero, además, Pablo no sufre por el sufrimiento de Timoteo, sino que quiere alegrarse, junto a Timoteo por lo que le está tocando vivir. Pero esa alegría no es la alegría de la risa fácil por algo chistoso, sino la alegría que brota del Espíritu porque Timoteo está, como Pablo, "padeciendo por Cristo", y eso es lo que San Pablo quiere compartir con Timoteo: los padecimientos de Cristo en su propia carne, para que "su felicidad sea completa".
"No te avergüences del testimonio de nuestro Señor, ni tampoco de mí, que soy su prisionero. Al contrario, comparte conmigo los sufrimientos que es necesario padecer por el Evangelio, animado con la fortaleza de Dios".
Pero ¿cómo pude alegrarse de padecer, de sufrir? Sí, porque el unirse a Cristo no es sólo para que el Señor nos de salud, no nos pase nada, sino que me uno a Él por la salvación de los hombres, y la Gracia de la Salvación se alcanza por la aceptación de la Cruz. Y si Cristo nos elegió para padecer junto a Él, para unir nuestra cruz a su Cruz, es una elección que llena el corazón del elegido con el gozo del Espíritu por haber sido llamado a tan alto grado de amor.
Es por eso que Pablo le muestra el camino, a Timoteo, y a nosotros, para no desfallecer en la prueba:
"Por eso te recomiendo que reavives el don de Dios que has recibido por la imposición de mis manos. Porque el Espíritu que Dios nos ha dado no es un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de sobriedad".
¿Cuál es el Don que hemos recibido de Dios? El Don de la Fe, el Don del Espíritu Santo que se nos ha dado el día d enuestro bautismo, el día en que hemos confirmado nuestra fe, el día en que nos hemos reconciliado con el Señor y nuestros hermanos por la Confesión, y en algunos casos, el día en que hemos sido ungidos como pastores del Señor. Cada uno según la vocación recibida ha sido ungido con el Espíritu Santo para vivir unidos a Cristo y, con su Gracia, poder dar testimonio en todo momento de la Vida recibida.

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