miércoles, 24 de enero de 2018

La parábola del sembrador

Es cierto que a nosotros, por la Gracia del Espíritu Santo, se nos ha a conocer los misterios del Reino de los Cielos, pues por el Don de la Fe creemos en la Palabra que el Señor ha querido que quedara escrita para nuestro crecimiento espiritual y para señalarnos el Camino que hemos de recorrer hacia la Eternidad. Pero no siempre usamos de ese mismo Espíritu para dejar que la Palabra penetre en nuestro corazón y eche suficientes raíces como para que sea Ella la que ilumine nuestro caminar diario. Quizás algunos de los puntos que hoy señala el Señor en la Parábola del Sembrador ocurran en nuestra vida y por eso no siempre tenemos el andar confiado por los Caminos del Señor, sino que vamos tropezando constantemente o no llevamos alegría en nuestro caminar.
Veamos mejor la explicación de la parábola y pensemos dónde nos ubicamos en los detalles que el Señor nos regala:
"El sembrador siembra la palabra". Sabes que el Señor ha sembrado, por el Espíritu Santo que nos ha dado, su Palabra en nuestro corazón, pero, además la tenemos escrita para que, por Ella, Él nos hable y oriente nuestra vida.
"Hay unos que están al borde del camino donde se siembra la palabra; pero en cuanto la escuchan, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos". No es que estemos buscando a Satanás a que venga por nosotros, sino que él "está como león rugiente esperando a quien devorar", y si no estamos fuertes en el espíritu y atentos a los signos que nos da el Señor, entonces satanás se aprovecha de nuestra desconfianza en Dios y nos hace confiar en los planes y proyectos del Mundo que no son los de Dios. Y serán los placeres del mundo los que nos lleve a vivir en lugar de la Fidelidad a la Palabra de Dios.
"Hay otros que reciben la semilla como terreno pedregoso; son los que al escuchar la palabra enseguida la acogen con alegría, pero no tienen raíces, son inconstantes y cuando viene una dificultad o persecución por la palabra, en seguida sucumben". La inconstancia en la oración, en la reflexión de la Palabra, en la recepción de la Eucaristía no permiten que nuestro espíritu esté atento y fuerte, por eso la Palabra no echa sus raíces en nuestro corazón, y vamos dando tropezones en la fidelidad. La constancia en la vida espiritual es lo que nos lleva a la virtud y fortalece nuestra debilidad por el Espíritu.
"Hay otros que reciben la semilla entre abrojos; estos son los que escuchan la palabra, pero los afanes de la vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás los invaden, ahogan la palabra, y se queda estéril". Nunca tenemos tiempo para ponernos a reflexionar, la escuchamos pero enseguida salimos corriendo de la oración, o de la misa, y no nos damos tiempo para que el silencio nos ayude a madurar lo que hemos recibido. Incluso en la oración nuestra mente está en cualquier lugar menos cerca del Corazón de Jesús. El silencio que dejamos después de escuchar la Palabra, o después de comulgar, o después de rezar es el silencio del otoño del alma en el cual las raíces toman mayor profundidad para poder florecer y fructificar.
"Los otros son los que reciben la semilla en tierra buena; escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha del treinta o del sesenta o del ciento por uno". La tierra buena es la que ha sido trabajada con esmero, quizás con dolor y en la oscuridad de la noche, pero la constancia en el trabajo espiritual y en la recepción de los sacramentos, pueden hacer que nuestro corazón sea fértil para la siembra y si he aceptado con Amor la Palabra del Padre, y he puesto mi seguridad en él, entonces la Obediencia a su Voluntad será la que nos regale frutos en abundancia.

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