"Queridos hermanos:
Este es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a otros.
No seamos como Caín, que procedía del Maligno y asesinó a su hermano. ¿Y por qué lo asesinó? Porque sus obras eran malas, mientras que las de su hermano eran justas".
¿Cuántas maneras tenemos de matar a nuestro hermano? Diciendo esto parece que quiere comenzar el argumento de una serie de misterio o de asesinatos, como en la TV. Pero no es así, vemos muchas veces, en nuestras propias familias y comunidades cristianas que el amor no es lo que predomina entre nosotros. En realidad sí hay un amor que predomina: el amor a uno mismo. Y es ese amor egoísta, o vanidoso, o soberbio, o con apetito de poder el que hace que muchos de nuestros hermanos "mueran" entre nosotros.
Sí, y no es que quiero exagerar con este tema, pero es que lo tenemos que mirar con la gravedad que tiene porque es el único "signo" que nos dejó Jesús para que el mundo se de cuenta quiénes somos: "en la medida en que se amen entre ustedes el mundo creerá".
La vanidad, que con el tiempo se convierte en soberbia, nos hace sentir los mejores del mundo y por eso siempre vemos que lo que el otro hace está mal, y, como "tenemos que decir siempre la verdad" (sin pensar que puede ser sólo nuestra verdad) lo decimos a bocajarro ofendiendo o haciendo sentir mal a quien con mucho corazón ha querido compartir sus dones con la comunidad. O, muchas veces, simplemente no dejamos que otros hagan o realicen trabajos porque tengo miedo que "me quiten un trozo de poder", porque sólo yo puedo hacer esas cosas.
El egoísmo no nos deja compartir lo que sabemos, siempre tenemos una excusa para no enseñar, para no dejar espacios para que otros puedan aprender lo que Dios me ha dado a mí como Don. Pero siempre tengo el mismo quejido: "nunca viene nadie a ayudar".
Y el orgullo no se queda atrás porque no me deja pedir disculpas cuando he actuado mal, o, peor aún, no me permite hacer un buen examen de conciencia haciéndome notar que he actuado mal, pues siempre las excusas van a mi favor y nunca en mi contra. Lo cual, como no nos damos cuenta del pecado original que va en nosotros, no nos quedamos con las excusas en nuestro corazón sino que las vamos "dispersando" como semillas al viento y vamos sembrando discordia, resentimientos, disputas, y al final vamos matando a nuestros hermanos con nuestras "buenas conductas de buenos cristianos comprometidos".
"Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras".
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.