Las lecturas de hoy son de esas que uno puede usar en algún momento (o en todos) para refrescarle a los demás el evangelio que uno nunca lee. Porque cuando queremos hacer quedar mal a alguien, o hacer ver lo mal que se está portando porque lo que ha hecho no me conviene a mí, saco de la chistera pasajes del evangelio que nunca utilizo para crecer yo.
En este caso al decir Jesús "cuando alguien te abofetee en una mejilla preséntale la otra", eso me gusta para que los demás no me devuelvan o no tomen venganza cuando hago algo malo contra ellos. Pero claro que también me olvido que Jesús dijo: "no hagáis a otros lo que no te gusta que te hagan a tí", o tantos otros pasajes que son un todo en el evangelio.
Pero es que siempre la malicia que llevamos en nuestro corazón nos ayuda a "intentar" librarnos de nuestro pecado con el evangelio, y así poder decirle a los demás que yo soy bueno y no como piensan, por eso tomo pasajes convenientes del evangelio para tomar venganza o intentar que no me culpen de mi pecado.
Sí, es cierto que llevamos (al decir de San Pablo) "la espina del pecado" en nosotros y "no hacemos todo el bien que debemos sino el mal que deseamos", y por eso hemos de tener cuidado cómo utilizamos el evangelio, pues la Palabra de Dios es una Palabra que nos ayuda a crecer y no a defendernos de nuestros errores.
Por esa espina que hay en nosotros no siempre estamos atentos al Evangelio para ponerlo en práctica en nuestra vida, sino que intentamos utilizarlo del modo más conveniente y es así cuando comenzamos a despreciar la Palabra de Dios. Despreciar no porque no la valoremos, sino porque le damos un "uso" indebido, no la apreciamos en su justa medida, pues dejamos que la Palabra de Dios sólo parezca un manual para defensa personal.
Claro que es, en algunos casos, el reflejo de mi comportamiento con Dios y con las personas: uso de ellos de la mejor manera que me conviene, pues cuando los necesito recurro a ellos y cuando no paso olímpicamente de su presencia en mi vida; cuando me hacen falta los utilizo para mi propia defensa y cuando no ni siquiera me preocupo si necesitan de mí.
Lo cierto es que cuando dejamos que la Palabra de Dios sea Luz verdadera en mi vida no sólo ilumina, fortaleza y enseña, sino que me ayuda a descubrir mi pecado y me invita a la conversión constante. Así es La Palabra quien orienta, fortalece y protege mi vida:
"procedemos con limpieza, ciencia, paciencia y amabilidad; con el Espíritu Santo y con amor sincero; con palabras verdaderas y la fuerza de Dios; con las armas de la justicia, a derecha e izquierda..."
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