Ayer con la fiesta de Pentecostés finalizamos, en la Iglesia, un hermoso tiempo litúrgico: el Tiempo Pascual; y hoy volvemos a la normalidad, aunque aún nos quedan dos fiestas hermosas: Santísima Trinidad y Corpus Christi, pero estas fiestas se viven dentro del Tiempo Ordinario, que no es menos importante para la liturgia.
Pentecostés nos abrió la puerta la vida cotidiana, a lo ordinario de todos los días, para poder revivir aquello de Santa Teresita que tantas veces hemos recordado: "hacer extraordinario lo ordinario y sobrenatural lo natural", pues es fácil (quizás) mostrarnos muy religiosos en los tiempos extraordinarios: fiestas patronales, comuniones, fiestas de la Virgen o los santos; pero en lo ordinario de todos los días se nos olvidan los consejos evangélicos y nos volvemos un poco ateos o poco cristianos.
Y en esto me viene a la cabeza una frase del evangelio que es muy pronunciada y muy anunciada y muy proclamada en estos tiempos que vivimos, pero poco vivida en su plenitud.
En la parábola de la Viña y los viñadores, después de haber enviado el dueño a todos sus empleados a cobrar, entonces dice:
"Le quedaba uno, su hijo amado. Y lo envió el último, pensando: “ Respetarán a mi hijo”.
Pero los labradores se dijeron:
“Este es el heredero. Venga, lo matamos, y será nuestra la herencia”.
Y, agarrándolo, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña".
"Respetarán a mi hijo", pero no lo respetaron.
Y eso es lo que hoy día me surge que nos falta encontrar el punto justo en el respeto, no sólo por las cosas de Dios, pues en definitiva creo que eso viene por añadidura, sino en el respeto de por los demás, por el que tengo a mi lado. Porque se habla mucho de respeto, pero quiero sólo que me respeten a mí, pero yo no respeto mucho a los demás, sobre todo cuando, como en el ejemplo de la parábola, alguien viene a "cobrarme" algo que debo.
Por eso me parece que es muy importante este tiempo Ordinario, dentro de la liturgia, porque nos hace comprender lo grande que son los pequeños actos, las pequeñas obras y gestos que tenemos en el día con nuestro prójimo; pues en los momentos más grandes, importantes o extraordinarios todos somos buenos, santos y solidarios; pero en el día a día cuando nadie nos ve se nos olvidan algunas cosas que tenemos que vivir.
Es así que el silencio contemplativo de la oración matutina, la escucha y la reflexión de la Palabra, el acercarme a los sacramentos de la Eucaristía y la Reconciliación, son momentos importantes que tengo que mantener durante todas las semana y, algunos, todos los días. Pues nuestro espíritu nos exige mayor Gracia en los pequeños gestos de todos los días que en las "grandes explosiones de santidad".
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