Cada vez que hemos dibujado un corazón en alguna parte es para representar el amor a alguien, el amor por alguien o el deseo de amar a alguien. Le hemos dado a algo tan espiritual y tan importante como es el amor el lugar más noble y vital para la vida del hombre: el centro del corazón. Y también para cada uno de nosotros el corazón es lo más sagrado, decimos muchas veces: me ha llegado al corazón, me has hecho doler el corazón, me has roto el corazón, mi corazón está llorando. Le damos al corazón sensaciones y expresiones que son puramente expresiones humanas, lo humanizamos porque es el centro de nuestra vida, pues sin él no tenemos vida. Si el corazón no trabajase como es debido nuestra vida se va deteriorando, pero si está fuerte y vigoroso nuestro cuerpo lo estará igual.
Es por eso que en la Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús vemos también nuestro corazón, pues Él es el centro de nuestra vida, es el principio vital de nuestra espiritual y es quien nos da la fuerza y el vigor para vivir en plenitud. Por eso la liturgia nos presenta unos puntos hermosos para reflexionar y purificar nuestro corazón, hacer una limpieza de todo aquello que no es puro en nuestra fe para que la sangre esté siempre nueva y nuestra vida espiritual sea siempre vigorosa.
En la primera lectura Moisés le dice al pueblo de Israel:
"Tú eres un pueblo santo para el Señor, tu Dios; el Señor, tu Dios, te eligió para que seas, entre todos los pueblos de la tierra, el pueblo de su propiedad.
Reconoce, pues, que el Señor, tu Dios, es Dios; él es el Dios fiel que mantiene su alianza y su favor con los que lo aman y observan sus preceptos, por mil generaciones".
El Señor nos eligió y nosotros elegimos seguirlo, por eso nuestra vida de fe tiene que estar centrada en sus preceptos y prescripciones, en Su Voluntad, pues "mi alimento es hacer la Voluntad de mi Padre", y así nutrimos todos los días nuestra vida de la Gracia del Señor, pues para que podamos ser Fieles a su Voluntad Él nos dará su Gracia.
San Juan en su carta nos dice:
"A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud.
En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo".
No hay más testimonio para que el mundo crea que somos hijos de Dios, que vivir como tales, permaneciendo en Él y dando testimonio del amor que nos tiene porque "nos amamos unos a otros como Él nos ha amado". Y sólo podremos amarnos de ese modo si Él está en nosotros y nosotros estamos en Él: reflexionando Su Palabra, recibiendo el Pan de la Vida, viviendo sus Sacramentos. Así la Gracia nos permitirá siempre manifestar la alegría de ser hijos, pues nuestro corazón estará rebosante de su Vida.
Y como ese caminar es, muchas veces, duro y nos agobia el no poder vivirlo en plenitud, entonces el Señor nos dice:
"Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobres vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso. para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera".
Para caminar seguros y no claudicar en medio del camino, el Señor nos lleva la carga si nosotros llevamos la de Él, pues si unimos nuestro yugo a su Cruz Él se transforma en Cireneo para nosotros y con Él llegamos a vivir lo que el Padre quiere para nosotros.
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