"Al que oiga mis palabras y no las cumpla, yo no lo juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo. El que me rechaza y no acepta mis palabras tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he pronunciado, esa lo juzgará en el último día".
Uno podría decir que estamos salvados porque Jesús no vino a juzgarnos, porque es un hombre bueno y por eso no juzga. No, no nos juzga Su Palabra es la que nos juzga, pues si lo hemos escuchado pero no hemos obedecido somos nosotros quienes ya nos hemos condenado, pues nos hemos apartado de la Palabra de Vida. O, casi el extremo, si lo hemos escuchado pero hemos hecho lo contrario a lo que hemos escuchado así lo hemos negado totalmente, hemos renunciado a la Palabra que da vida.
Y también podríamos decir que a nosotros nos pasa lo mismo, pues son nuestras mismas palabras quienes nos juzgan a cada uno. Muchas veces nos encontramos con quienes dice cosas que después dicen que no han dicho, pero que en realidad quieren ocultarse tras una mentira pues se han dado cuenta que sus palabras no tienen fundamento en la verdad. Pero, aunque nieguen lo que han dicho, esas palabras ya lo han condenado pues han salido hacia los otros. Pues aunque dice que "a las palabras se las lleva el viento", es cierto, pero el viento las va llevando de persona en persona, y eso puede hacer mucho daño o puede hacer mucho bien.
Cuando nuestro corazón está en orden y vive en Dios, por Dios y para Dios, entonces las palabras que salen de nuestros labios van a llevar, también, un poco de Dios. Contando desde ya con nuestra imperfección y pecado, pero intentaremos que antes de que salgan de nuestros labios pensaremos qué es lo que queremos decir y por qué lo decimos, pues sabremos que esas palabras no sólo hablarán de algo o de alguien, sino que darán testimonio de quién soy yo en realidad.
Por eso Jesús siempre tenía en su mente y en su corazón:
"Porque yo no he hablado por cuenta mía; el Padre que me envió es quien me ha ordenado lo que he de decir y cómo he de hablar. Y sé que su mandato es vida eterna. Por tanto, lo que yo hablo, lo hablo como me ha encargado el Padre".
"De la abundancia del corazón hablan los labios", nos decía también Jesús en algún momento.
No dejemos que nuestro corazón se llene de resentimientos, rencores, egoísmos, odios y envidias, sino que dejemos que el Espíritu nos ayude a purificarnos constantemente y sea Su Palabra la que llene nuestro corazón y nuestra mente, así teniendo la capacidad de pensar antes de hablar podremos construir y fomentar la paz, la fraternidad, la armonía, la alegría y la esperanza.
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