"En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde".
Antes de volver al Padre Jesús les da a los apóstoles lo más importante y necesario para vivir sin Él: la paz. Pero, como Él dice, no la paz como la da el mundo, sino una Paz verdadera que perdurará en el corazón y sabemos conservarla, pues esa Paz es la unión y permanencia de nosotros con Él, no es una paz que otros conquistan por mí, sino una paz que yo conservo en mí para los demás.
Tampoco es una paz que me deje tranquilo, sino hacer nada. Todo lo contrario, es la Paz que intranquiliza mi alma pues buscará siempre la Voluntad del Padre, para poder mantener el alma en paz. Y esa Voluntad del Padre hará que no descanse nunca: "nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en Ti" (San Agustín)
Por eso ayer el Señor nos hablaba de permanecer "como el sarmiento en la vid" pues sólo buscando nuestra unión en el Amor con Él su Paz seguirá en nosotros, pero mientras no estemos unidos a Él por el Amor y las obras, esa paz sólo será una brisa que pasa por nuestras vidas y no la Verdadera Paz que nos da la unión de vida y alma con el Señor.
Así San Cirilo de Alejandría nos dice que: "La adhesión de los que se allegan a la vid es una adhesión de voluntad y de propósito, la unión de la vid con nosotros es una adhesión de afecto y de naturaleza. Movidos por nuestro buen propósito, nos allegamos a Cristo por la fe y, así, nos convertimos en linaje suyo, al obtener de él la dignidad de la adopción filial. En efecto, como dice san Pablo, quien se une al Señor es un espíritu con él".
Cuando no sintamos la Verdadera Paz en nuestra alma es porque nos hemos alejado, voluntaria o involuntariamente, del Señor. Quizás el trajín del día a día, las preocupaciones de todos los días, o, simplemente, la tibieza de mi vida cristiana, nos alejan del Señor: de Su Palabra, de sus Sacramentos, de los hermanos; y así, poco a poco, vamos perdiendo la Verdadera Paz y la buscamos en otros dioses que no son Nuestro Señor Jesucristo.
Y cuando vamos perdiendo la Paz del Señor vamos sembrando en nuestra propia vida inseguridades, tinieblas y el mismo pecado se vuelve cotidiano en nuestro hacer diario; y eso mismo lo hacemos con nuestros hermanos: no somos instrumentos de Paz pues no la tenemos en nuestros corazones, y nuestros frutos no son de paz.
Pidamos al Señor la fortaleza de nuestro espíritu para poder permanecer en Él, para buscarlo en la Oración, la Reflexión de la Palabra, la Vida Sacramental y en la relación con los hermanos, para que Él siempre esté en nuestro corazón y nuestro corazón pueda encontrar la Verdadera Paz
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