Tanto la profecía de Miqueas como Jesús en el evangelio nos hablan del arrepentimiento y del pedido de perdón, dos actitudes que en este tiempo, y en todos los tiempos, tenemos que comenzar a vivir.
Pero hoy no quiero centrarme ni en el pecado, ni en el arrepentimiento, sino en la alegría de perdonar y ser perdonado.
La parábola del Hijo pródigo nos muestra la alegría del Padre al recobrar con vida al hijo que se había alejado de él, por eso nos muestra que el perdón produce alegría no sólo en el que es perdonado, sino también en quien sabe perdonar.
"Hay más alegría en el cielo por un pecador que se arrepiente que por cien que no necesitan de perdón", dice Jesús. Y no es que no necesiten ser perdonados, sino que no han reconocido su pecado quizás por miedo a descubrirse con errores y pecado.
Pero cuando miramos y descubrimos la alegría del perdonar y ser perdonados, no puede dejarnos como si nada, sino que debe movilizar el corazón para buscar esa alegría, pues la alegría de la Gracia recibida es la que nos sigue motivando para volver al Camino, para volver a creer y tener la esperanza de que podemos, con la Gracia de Dios, alcanzar la santidad que el Señor quiere para nosotros.
Muchas veces vemos y conocemos gente que vive con esa amargura en el corazón: la amargura de no sentirse perdonado o la amargura de no haber perdonado. Por eso necesitamos todos sentir, primero, la alegría de sabernos perdonado, la alegría de saber que hemos podido morir a nuestro orgullo y al reconocer nuestra debilidad y pecado, recibir no sólo la Gracia del Perdón, sino la alegría de haber vuelto a vivir una relación que creíamos perdida.
Así, cuando alguien obre contra mí y venga a pedirme perdón no dudaré en perdonarlo porque sé lo hermoso que será compartir juntos, como el Padre y el Hijo pródigo, la alegría del abrazo nuevo, la alegría del sentirnos unidos otra vez por el lazo del amor.
Y, sí, cuando hay verdadero amor entre las personas existe la capacidad de pedir perdón y dar perdón, pero cuando ese amor, ya sea fraterno o filial, se desvanece por el orgullo y el dolor, ya no hay tanta fortaleza como para poder perdonar o pedir perdón. Hace falta volver la mirada hacia atrás y descubrir cuánto hemos perdido, pues la espina que se clava en el corazón por el dolor del pecado, hace que la vanidad y el orgullo, transformen el dolor en rencor y del rencor se pase al odio. Antes de todo eso recurramos al Espíritu Santo que para sane nuestras heridas y que la Sangre del Señor nos transforme y nos fortalezca para que, con humildad y verdad, podamos abrir el corazón al arrepentimiento y recibir la Gracia del Perdón, y la Gracia de perdonar.
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