Hoy hay dos cosas importantes en las que pensar y reflexionar:
- el día del Seminario
- y el evangelio, pero las dos van muy unidas en la vida cotidiana de cada uno de nosotros, pero vayamos por parte.
"Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, e incorporándose, le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado?»
Ella le respondió: «Nadie, Señor.»
«Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante.»
Es muy fácil acusar, levantar el dedo índice y señalar a quien se nos ocurra, tengamos o no tengamos razón, sea el otro pecador o no lo sea, no importa. Algunas veces nuestras acusaciones son falsas y están motivas por el rencor, el dolor, la envidia, o el simple chusmerío barrial. Seguramente, algunas veces tenemos razones fundadas pues hemos visto algo, corroboramos nuestros "informantes", pero siempre terminamos acusando.
Es evidente que Jesús no quiere que aceptemos el pecado, por eso le dice a la mujer: "Vete, no peques más en adelante". Pero una cosa es poder discernir cuándo hay pecado y cuándo no, cuando estoy en falta y cuando no, y lo mismo con mis hermanos, cuándo están en pecado o en falta. ¿Por qué discernir cuándo hay pecado? Para poder buscar un nuevo camino.
Sí, porque es fácil condenar, pero es muy difícil acompañar a mi hermano a buscar caminos de reconciliación, de paz, caminos de conversión y de encuentro con la Vida de la Gracia.
Es fácil condenar pero nos resulta difícil pedir perdón si hemos calumniado a alguien sin razón, es difícil devolverle a alguien la buena fama que le hemos quitado con nuestras condenas.
Es difícil tender la mano para ayudar al otro a levantarse, a fortalecerse, a permanecer firme en la fidelidad del Camino.
Por eso no es tan pecador quien peca sino quien sin amor condena al pecador, pues el Señor vino a mostrar el Camino de la reconciliación, de la conversión, para que los que pecamos tengamos la oportunidad de volver a la Vida de la Gracia, pues reconociendo que el Señor ha tenido misericordia con nosotros, poder ser también misericordiosos con nuestros hermanos.
Y esto qué tiene que ver con el Seminario, pues creo que una de las hermosas cosas que tenemos los sacerdotes es el Gran Don que nos dio el Señor: el poder de desatar en la tierra para que quede desatado en el Cielo, es decir el Don de la reconciliación. Cuando escuchamos al pecador poder tener, como Jesús, la capacidad de tender la mano para ayudar al caído a levantarse, para poder fortalecerlo con la Gracia de la Absolución sacramental, y consolarlo con palabras de misericordia, para sanar las heridas que el pecado va dejando en el corazón.
Por eso hoy y todos los días tenemos que rezar mucho por las vocaciones sacerdotales, por los seminaristas y por lo que somos sacerdotes, para que cada día crezcamos más en la Fidelidad a la Vida que el Señor nos ha regalado, para tengamos siempre la fortaleza necesaria para mantenernos en el Camino y que conquistemos cada día un Corazón misericordioso y fraterno como el de Jesús.
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