miércoles, 9 de marzo de 2016

La Alegría de la Obediencia

Dice Dios por medio del profeta Isaías:
"Sí, ahí vienen de lejos, unos del norte y del oeste, y otros, del país de Siním. ¡Griten de alegría, cielos, regocíjate, tierra! ¡Montañas, prorrumpan en gritos de alegría, porque el Señor consuela a su pueblo y se compadece de sus pobres!
Sión decía: «El Señor me abandonó, mi Señor se ha olvidado de mí.» ¿Se olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus entrañas? ¡Pero aunque ella se olvide, yo no te olvidaré!"
Dios compara su corazón, su amor, con el amor de una madre, y mucho más que eso, pues como Él dice: "aunque una madre se olvide del hijo de sus entrañas", y esa es una realidad que hoy vemos más seguido, la manifestación de algunas madres por querer deshacerse del fruto de sus entrañas. Pero, a pesar de esa realidad, Dios nos dice que Él nunca nos olvidará, Él siempre será nuestro consuelo en todo momento y en todas las horas.
Por esta razón, a tenor de su amor y compasión, nos invita a la alegría y al gozo, porque ya hubo un tiempo en que Él nos demostró todo su Amor, cuando "llegada la plenitud de los tiempos envió a su Hijo Único, nacido de mujer, para que nos diera su Vida" para que nosotros tuviéramos vida. Así Dios no sólo nos consuela y nos fortalece, sino que nos da Vida por medio de Su Hijo, quien teniendo en cuenta nuestra debilidad se hizo Alimento y Camino, Camino y Alimento para que, en todo momento, podamos llegar al Padre.
Jesús se hace Camino al asumir su condición de hijo y vivir como Hijo, para que, nosotros al reconocernos como hijos de Dios, tengamos en Él un ejemplo a seguir:
«Les aseguro que el Hijo no puede hacer nada por sí mismo sino solamente lo que ve hacer al Padre; lo que hace el Padre, lo hace igualmente el Hijo. Porque el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que hace. Y le mostrará obras más grandes aún, para que ustedes queden maravillados".
Al asumir nuestra realidad de hijos de Dios aceptamos vivir en obediencia al Padre, una obediencia como la vivió Jesús, hasta la muerte y muerte en Cruz, para "los hombres viendo nuestras buenas obras glorifiquen al Padre", pues esa es la única señal en la que los hombres sabrán que somos hijos de Dios: en nuestra manera de vivir, de comportarnos, de hablar.
Conocer así el Amor que el Padre y el Hijo nos tienen nos ayuda, cada día, a asumir nuestra propia y débil condición, no para amedrentarnos ante el llamado de Jesús, sino que confiando en Su Providencia lanzarnos con la fuerza del Espíritu a la carrera de la santidad, para que en todo momento sepamos buscar lo fundamental de nuestra vida cristiana que nos enseñó Jesús: "mi alimento es hacer la Voluntad de mi Padre", "no hago otra cosa que hacer lo que he visto hacer a mi Padre".

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