Ayer, leyendo las Bienaventuranzas, intentaba ubicarme en aquél lugar, aquél día, viendo a la muchedumbre que seguía a Jesús: enfermos, inválidos, pobres, prostitutas, gente con dolencias de todo tipo, espirituales y materiales, que venían a buscar en Jesús que los libere de todos sus males. Y Jesús mirándoles...
Si hubiera sido un político en campaña electoral les hubiera prometido: mejores trabajos, aumento de sueldos y de jubilaciones, mejores y más hospitales para mejorar la salud, bajar el índice de los impuestos, y tantas otras cosas, porque tienen necesidad de asegurar un voto y una candidatura, aunque las promesas que hagan saben que, quizás, o seguramente, no las van a poder cumplir.
En cambio, Jesús, les dirigió el Discurso de las Bienaventuranzas, nos dirige el discurso de las Bienaventuranzas. Un Discurso que no tiene nada de buen marketing, porque lo que ofrece es todo lo que no deseamos, es todo lo que no queremos. Y es cierto, porque si miramos quiénes son los bienaventurados, no queremos serlo. Y ¿por qué hace ese discurso? Así no va a ganar adeptos, menos gente que lo vote.
Sin embargo ha sido el mejor discurso de la historia, porque nos ayuda a mirar desde nuestra pobreza un horizonte más alto que nosotros mismos, nos ayuda a levantar la mirada de nuestra misiera y contemplar la vida desde más arriba de nosotros mismos, porque, lo que muchas veces necesitamos no es que nos den el pesacdo sino que nos ayuden a mirar la abundancia de peces que hay en el mar, y que, nosotros, con nuestro esfuerzo y constancia podemos llegar a pesacar para satisfacer nuestra hambre.
Jesús no vino a quitar la pobreza, ni sanó a todos los enfemros, ni dio vista a todos los ciegos y, menos aún, dio vida a todos los muertos. Sin embargo, enriqueció nuestras vidas con su Amor, nos sanó de las heridas del pecado, nos dio la Luz de su Palabra para encontrar el Camino hacia una Vida Nueva, resucitó nuestra esperanza y nuestra alegría, de saber que hay una vida que da Vida y que esa Vida, si la buscamos con constancia siempre la tendremos en nosotros.
Y ese es el Proyecto que Él nos brinda, un proyecto de vida que da Vida, un Camino que nos lleva a la santidad, y la Santidad de Vida nos alcanza la Bienaventuranza partiendo de nuestra pobreza y miseria, y nos eleva de nuestra pobre humanidad a la dignidad de hijos de Dios, a imagen de Jesús Nuestro Señor.
Y hoy, sí hoy, es el día en que si miramos a Jesús descubrimos su mirada serena y amorosa que nos dice: ¿Quieres seguirme?
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