"Al oír este informe, el rey (Antioco) se asustó y se impresionó de tal forma que cayó en cama y enfermó de tristeza, porque no le habían salido las cosas como quería.
Allí pasó muchos días, cada vez más triste. Pensó que se moría, llamó a todos sus Amigos y les dijo:
«El sueño ha huido de mis ojos y estoy abrumado por las preocupaciones y me digo: "¡A qué tribulación he llegado, en qué violento oleaje estoy metido, yo, que era feliz y querido cuando era poderoso! Pero ahora me viene a la memoria el daño que hice en Jerusalén, robando todo el ajuar de plata y oro que había allí, y enviando gente que exterminase sin motivo a los habitantes de Judea. Reconozco que por eso me han venido estas desgracias. Ya veis, muero de tristeza en tierra extranjera”».
Antioco es el rey que hemos escuchado todos estos días que había matado a tantos judíos por no querer adorarle como Rey o por no querer comer carne prohibida por la Ley de Moisés. En una palabra, había ido contra Dios al ir contra su Pueblo.
Está claro que Dios no castiga con martillo de hierro, sino que somos nosotros mismos los que nos desviamos de nuestro camino, o mejor dicho del Camino que el Señor nos pone delante: "pongo delante de ti la vida y la muerte, el bien y el mal, si eliges la vida vivirás..."
Son nuestras elecciones personales, particulares, las que nos acercan o nos alejan de Dios, y, por supuesto, también de nuestros hermanos, y, como consecuencia de la felicidad o de la amargura.
Muchas veces, o mejor, en cada momento del día estamos eligiendo, sin darnos cuenta, y en esas elecciones se va descubriendo quiénes somos y hacia dónde vamos, porque todo tendría que depender de un Ideal final, de una meta concreta, para poder darle sentido a todo lo que hacemos.
Alguien que quiera ser un buen profesional en su materia, tendrá que esforzarse cada día para estudiar y perfeccionarse en su propia profesión, si no lo hiciera no alcanzará lo mejor para él, y, por ende, para la gente para quién eligió esa profesión.
Así nosotros, tenemos que darnos cuenta que nuestro Ideal es el que nos ha llamado a ser el Padre: "sed perfectos porque vuestro Padre Celestial es perfecto, sed santos porque vuestro Padre Celestial es Santo". Así, teniendo en claro nuestra vocación podremos elegir, cada día, el camino que nos conduce a ese fin.
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