"Así habla el Señor:
Yo la llevaré al desierto
y le hablaré a su corazón.
Allí, ella responderá
como en los días de su juventud..."
A veces notamos como nuestra fe, nuestra vida, nuestro entusiasmo van perdiendo fuerza, vamos perdiendo "espíritu" a la hora de vivir como Dios nos pide. Por eso tenemos que ir, cada día, al desierto de la oración. Pero una oración seria, en soledad, en silencio que es lo que tiene el desierto: soledad y silencio, pues no hay nada a lo que aferrarse, no hay nadie que te hable, y sólo Dios puede hablarte y que tú quieras escucharte.
En ese desierto, como dice el Señor, nos hablará al corazón y volverá a encender la llama del Amor Primero, esa llama que sentimos en los días de nuestra juventud, es decir, en los días en que dejamos que el Espíritu nos animara a salir, a anunciar, a defender y a vivir nuestra fe con alegría, con esperanza, con la energía propia de los jóvenes (aunque a veces no tengamos la edad cronológica, pero tendremos siempre el espíritu joven)
Por que será, también, en la oración en donde se me otorgue el Don de la Prudencia, esa prudencia que me ayude no sólo a dar, sino también a buscar el sustento propio para cada día.
Es sabido que la fuerza y la energía de la juventud nos puede llevar a vivir "alocadamente" sin ponernos a pensar que tenemos que ir renovando las fuerzas, y las fuerzas las renovamos junto al Señor, en el encuentro constante con Él, pues Él es la fuente de Agua Viva que nos purifica y renueva.
No seamos como las jóvenes necias que salieron a esperar al esposo sin prever que tenían que llevar algo más para el camino.
La prudencia a la hora de vivir es una virtud que el Señor quiere que tengamos y que consigamos, porque no sólo es un don, sino también una tarea a realizar constantemente.
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