Del Libro de san Ambrosio, obispo, Sobre la muerte de su hermano Sátiro
Vemos que la muerte es una ganancia y la vida un sufrimiento.
Por esto dice san Pablo: Para mí la vida es Cristo, y la muerte una ganancia.
Cristo, a través de la muerte corporal, se nos convierte en espíritu de vida.
Por tanto, muramos con él, y viviremos con él. En cierto modo debemos irnos
acostumbrando y disponiendo a morir, por este esfuerzo cotidiano que consiste
en ir separando el alma de las concupiscencias del cuerpo, que es como irla
sacando fuera del mismo para colocarla en un lugar elevado, donde no puedan
alcanzarla ni pegarse a ella los deseos terrenales, lo cual viene a ser como
una imagen de la muerte, que nos evitará el castigo de la muerte. Porque la
ley de la carne está en oposición a la ley del espíritu e induce a ésta a la
ley del error. ¿Qué remedio hay para esto? ¿Quién me librará de este cuerpo
de muerte? ¡Gracias a Dios, por Jesucristo, Señor nuestro, me veré libre!
Tenemos un médico, sigamos sus remedios. Nuestro remedio es la
gracia de Cristo, y el cuerpo de muerte es nuestro propio cuerpo. Por lo tanto,
emigremos del cuerpo, para no vivir lejos del Señor; aunque vivimos en el cuerpo,
no sigamos las tendencias del cuerpo ni obremos en contra del orden natural,
antes busquemos con preferencia los dones de la gracia.
¿Qué más diremos? Con la muerte de uno solo fue redimido el mundo. Cristo
hubiese podido evitar la muerte si así lo hubiese querido; mas no la rehuyó
como algo inútil, sino que la consideró como el mejor modo de salvamos. Y, así,
su muerte es la vida de todos. Hemos recibido el signo sacramental de su muerte,
anunciamos y proclamamos su muerte siempre que nos reunimos para ofrecer la
eucaristía; su muerte es una victoria, su muerte es sacramento, su muerte es la
máxima solemnidad anual que celebra el mundo.
¿Qué más podremos decir de su muerte, si el ejemplo de Cristo nos
demuestra que ella sola consiguió la inmortalidad y se redimió a sí misma? Por
esto no debemos deplorar la muerte, ya que es causa de salvación para todos; no
debemos rehuirla, puesto que el Hijo de Dios no la rehuyó ni tuvo en menos el
sufrirla.
Además la muerte no formaba parte de nuestra naturaleza, sino que
se introdujo en ella; Dios no instituyó la muerte desde el principio, sino que
nos la dio como un remedio. En efecto, la vida del hombre, condenada, por culpa
del pecado, a un duro trabajo y a un sufrimiento intolerable, comenzó a ser digna
de lástima: era necesario dar fin a estos males, de modo que la muerte restituyera
lo que la vida había perdido. La inmortalidad, en efecto, es más una carga que un
bien, si no entra en juego la gracia.
Nuestro espíritu aspira a abandonar las sinuosidades de esta vida y
los enredos del cuerpo terrenal y llegar a aquella asamblea celestial, a la que
sólo llegan los santos, para cantar a Dios aquella alabanza que, como nos dice la
Escritura, le cantan al son de la cítara: Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente: justos y verdaderos tus caminos, ¡oh Rey de los siglos.
¿Quién no temerá, Señor, y glorificará tu nombre? Porque tú solo eres santo, porque
vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento; y también para
contemplar, Jesús, tu boda mística, cuando la esposa, en medio de la aclamación de
todos, será transportada de la tierra al cielo -a ti acude todo mortal-,
libre ya de las ataduras de este mundo y unida al espíritu.
Este deseo expresaba con especial vehemencia el salmista, cuando decía:
Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de
mi vida y gozar de la dulzura del Señor.
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