"En aquel tiempo, como algunos hablaban del templo, de lo bellamente adornado que estaba con piedra de calidad y exvotos, Jesús les dijo.
«Esto que contempláis, llegarán un días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida».
¿Qué son los templos de piedra si no vemos a Dios dentro de ellos? Son sólo piedras bien puestas y organizadas, son sólo edificios lindos, monumentos que pueden servir para cualquier cosa.
Y ¿qué es el cuerpo humano sin espíritu? Sólo células unidas para formar un cuerpo animal que en un momento dejará de existir.
Tanto al edificio como al cuerpo, lo que lo hace más bonito es lo que hay dentro, lo que reconocemos que tiene por dentro, aquello que no se ve, pero que se sabe que está ahí y que, si lo miro y cuido y hago madurar, será lo más hermoso que tiene y que permanecerá a lo largo del tiempo.
Hoy, seguramente, seamos muchos los que admiramos la belleza de los templo, por que, en realidad, hay algunos que son verdaderas obras de arte... pero... buscamos a Dios en esos Templos, vamos a su encuentro? Nos ocupamos de que otros lo encuentren en ese lugar?
Y también nos sucede con nuestro cuerpo. Cuánto nos ocupamos del cuerpo y cuánto nos ocupamos del espíritu? Seguramente más tiempo nos ocupamos del cuerpo, y, también, seguramente, no tengamos mucho tiempo para ocuparnos del espíritu.
Por eso Jesús le hacía tener en cuenta a la gente de su tiempo que, de ese templo tan bellamente construido, no iba a quedar piedra sobre piedra, porque habían rechazado al verdadero Dios que venía a traer la Buena Noticia de la Salvación. Y que ese Templo hacía referencia a las Profecías que hablaban de Él, pero que, por su soberbia no supieron reconocer y lo mataron.
Y a nosotros nos quiere advertir de lo mismo: no dejemos que la Palabra que se hizo carne y vino a nosotros no pueda entrar en nuestras vidas, que seamos portadores de Esa Palabra para que habite en nuestros corazones y nos haga verdaderos templos vivos de su vida, pues, en realidad, lo somos.
¿Cómooo? Sí, en el bautismo fuimos consagrados como templos vivos del Espíritu Santo que nos hizo hijos de Dios, por lo tanto dejemos que ese Espíritu nos santifique, y que ese Dios habite en nosotros, para que seamos verdaderamente lo que somos, y podamos transmitir no sólo belleza externa, sino la belleza del Dios que habita en nosotros.
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